1426174725_579271_1426180668_sumario_grande

Anegados ‘por el bien común’

Los pescadores de Phluk aprenden a domar el Mekong siendo niños. Un bautismo vital para descifrar la única fórmula mágica de supervivencia en este rincón del mundo. Por eso, cuando la corriente del río Sesan arrastra la canoa contra los manglares, Son Wen no se inquieta, simplemente estira el brazo hasta agarrar una de las ramas. Después moja su mano en el agua y con los dedos todavía húmedos alivia el sudor de su rostro. “Esta es nuestra casa y no queremos irnos”. Todos en Phluk, una pequeña comunidad rural a las remotas montañas camboyanas de Stung Treng, apenas a un par de horas de la frontera con Laos, saben que en unos meses, quizá un año, tendrán que marcharse. La construcción de una nueva presa hidroeléctrica, Lower Sesan 2, provocará que sus casas y sus tierras queden anegadas. De poco sirven sus quejas, ni las protestas de los ecologistas. Pronto Phluk será otro pueblo más sacrificado en nombre del progreso.

El de Phluk no es un caso aislado en la orilla del Mekong. La construcción de 11 grandes presas hidroeléctricas y varias decenas más de pequeñas infraestructuras a lo largo de la cuenca baja del río, que comparten Vietnam, Camboya, Laos y Tailandia, está provocando la desaparición de centenares de pueblos y el desplazamiento de más de 100.000 personas. Sólo en la ribera del Sesan, uno de los principales afluentes del Mekong, más de 5.000 personas serán desalojadas y aproximadamente 22.000 verán en los próximos años cómo la pesca mengua hasta poner en riesgo su forma de vida.

La proliferación de estas instalaciones, apunta Ame Trandem, responsable en el sudeste asiático de la ONG International Rivers, “pone en riesgo la seguridad alimentaria de cientos de miles de personas” en la cuenca del Mekong, de la que dependen 60 millones de habitantes. Según un estudio del doctor Guy Ziv publicado en 2012 en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), si las 78 presas que están proyectadas hasta 2030 —al menos 51 de las cuales están ya en ejecución— son construidas, la producción pesquera en la zona caería más de un 50% y 100 especies de peces podrían desaparecer. Además, el flujo de nutrientes que alimenta el delta del Mekong se vería interrumpido, disminuyendo enormemente la fertilidad de una zona que alberga el 90% de la producción de arroz de Vietnam. Sería un desastre con consecuencias “catastróficas” para la pesca y la biodiversidad de la zona, concluye el doctor Ziv.

La batería del sudeste asiático

El Mekong es uno de los ríos más grandes del mundo. Sus más de 4.800 kilómetros enlazan la meseta tibetana con el Mar de China Meridional. Los primeros proyectos para aprovechar su potencial energético datan de los años cincuenta, pero las guerras y la inestabilidad en la zona impidieron su ejecución hasta 1990, cuando el Gobierno chino comenzó la construcción de una cascada de presas en el Lancang. Cinco de ellas, de gran capacidad, estaban ya operativas a finales de 2012 y otra decena permanecen en estudio.

Con el fin de siglo, Camboya, Laos, Tailandia y Vietnam se unieron también a la carrera energética, obviando las recomendaciones de laMekong River Commission (MRC), el organismo creado en 1995 para velar por el desarrollo sostenible de las capacidades hidroeléctricas de la cuenca baja del Mekong. Según los preceptos fundacionales del MRC, los cuatro gobiernos debían aprobar conjuntamente cualquier nueva infraestructura en la zona. En la práctica, sin embargo, los Ejecutivos están actuando unilateralmente.

En 2010 el Gobierno de Laos comenzó los trabajos para levantar una instalación hidroeléctrica de 1.285 megavatios en Xayaburi, un proyecto apoyando por Tailandia —Ch. Karnchang, una de las principales constructoras del país, es la adjudicataria de las obras, financiadas por seis bancos tailandeses—, pero que suscitó las quejas de los representantes de Camboya y Vietnam, alarmados por sus consecuencias medioambientales y económicas. Los estudios científicos advierten de que la presa bloqueará las rutas migratorias de al menos 23 especies, incluido el icónico pez gato del Mekong, destruirá el ecosistema del río e impediría el flujo de nutrientes al delta vietnamita. Pese a los requerimientos del MRC, el Ejecutivo de Thongsing Thammavong no ha detenido las obras. En su ambicioso plan para convertir a Laos en la “batería del sudeste asiático”, Xayaburi es sólo el primer paso: otras ocho grandes presas hidroeléctricas están proyectadas en el país, a las que se sumarán otras dos en Camboya.

Las 247 familias que residen en Phluk serán forzosamente recolocadas debido a la construcción de la presa hidroeléctrica en el río Sesan. / PABLO L. OROSA

Ambos gobiernos aluden a las ingentes necesidades energéticas del sudeste asiático, cuya demanda podría aumentar más de un 80% hasta 2035 según un estudio de la International Energy Agency (IEA), para justificar estos proyectos. Se espera que las 11 presas hidroeléctricas del Mekong generen el 8% de la electricidad del sudeste asiático en 2025. Estas infraestructuras, aseguran los medios oficialistas en Laos, supondrán además unos ingresos extraordinarios que abrirán la puerta al rápido desarrollo económico del país. Las organizaciones internacionales recelan del proyecto laosiano. “Muchos de estos ingresos públicos desaparecerán en su camino entre las presas hidroeléctricas y la sociedad. Laos carece de instituciones y de la capacidad necesaria para manejar los impuestos de manera efectiva, y su Gobierno sufre de una corrupción rampante”, destaca International Rivers en uno de sus últimos informes. Para muchos analistas, detrás de estas costosas infraestructuras se esconde el interés económico de la élite dirigente. “Las centrales hidroeléctricas sólo aportarían entre el 6% y el 8% de la demanda energética prevista en la región para 2025. Alternativas ya existentes podrían enfrentar esta demanda de una manera más responsable”, señala International Rivers en este mismo informe. De hecho, diversos estudios aseguran que una adecuada inversión en energías renovables y de cogeneración podría reducir la factura energética en Tailandia alrededor de un 12% en 2030, ahorrando al país 67.000 millones de dólares.

“No sabemos cuando lo van a inundar todo

En Phluk viven 247 familias. 933 personas. Aquí todos precisan de la pesca y la agricultura para sobrevivir. “Yo nací aquí hace 50 años. Es mi hogar, como lo era de mis antepasados. Nosotros no nos queremos ir”. El que habla es Mr. Mai, una de las voces más respetadas de la comunidad. En cuestión de minutos tres varones se incorporan a la conversación. Todos repiten la misma idea: Phluk es su casa. Sin embargo, en la aldea no todos piensan igual. “Hay algunas discrepancias”, reconoce Mai, sin perder de vista a otro grupo de hombres que observan la escena desde la vereda. La empresa constructora de la presa hidroeléctrica, una joint ventureformada por el Cambodia Royal Group, la compañía china Hydrolancang International Energy y una empresa subsidiaria de Electricity of Vietnam, lleva meses intentando convencer a los habitantes de Phluk de que acepten las compensaciones y dejen sus viviendas. “Nos ofrecen una pequeña casa, con baño, y un terreno para cultivar. Además, nos pagarían la gasolina para un año”, explica Mai. “Esto no es suficiente. Comenzar a cultivar una nueva tierra es muy costoso”. “Aquí”, añade, “llevamos generaciones trabajando las tierras y éstas son fértiles”. Además, ni Mai ni Son Wee quieren dejar atrás a sus antepasados, enterrados en un cementerio cercano. “Buscaré una colina donde resguardarnos durante la época lluvias, pero cuando ésta pase volveremos al pueblo. Este es nuestro hogar”, repite Mr. Mai, amparado en la mirada cómplice de su esposa que sentada en las escaleras alimenta a sus dos hijas con una fuente de bananas fritas.

Puede que cuando Mai regrese a Phluk su casa sea inaccesible. Una vez concluyan los trabajos, que se prolongarán durante cinco años, el agua se alzará hasta cuatro metros, anegando la superficie y la entrada a la vivienda, sustentada por zancos de madera a varios metros del suelo. “No sabemos cuando va a ser, cuando lo van a inundar todo”, reconoce Mai. Con cada pregunta, el brío de su discurso se torna en una sombría congoja. Aproximadamente 5.000 personas serán desalojadas y al menos cuatro pueblos serán sumergidos para levantar la presa Lower Sesan, cuyos 400 megavatios de potencia eléctrica —durante la estación seca su capacidad podría verse reducida a 100— serán exportados a Vietnam. Con su puesta en funcionamiento, el Gobierno de Camboya prevé recaudar además 29,5 millones de dólares anuales en impuestos.

A  Mai las cifras del proyecto, con un coste de 816 millones de dólares, le bailan en la cabeza. La única realidad que a él le preocupa es que “cada vez hay menos pescado” para alimentar a la comunidad. A su lado, Son Wee no deja de señalar los bancos de peces del Sesan que hasta hace unos meses estaban repletos. “Antes había suficiente pescado para todos, ahora muchos peces se quedan atrapados arriba”, afirma. “Allí”, dice apuntando a una zona de aguas mansas protegidas por un frondoso manglar, “no pescamos. Es la zona de cría”. Aunque carecen de cualquier título científico, los pescadores de Phluk llevan siglos cuidando del río. No les hacen falta informes para intuir la catástrofe medioambiental que les sobreviene.

La construcción de la presa de Stung Treng será, según un estudio, la que suponga un mayor impacto en la biomasa marina de todas las proyectadas en los afluentes del Mekong. Las poblaciones de peces se reducirán un 9,3%, poniendo en riesgo la supervivencia de más de 50 especies, mientras que el flujo de sedimentos caerá entre un 6% y 8%. Además, la presa alterará el sistema hidrológico del Mekong y del lago Tonle Sap, la mayor reserva de agua dulce del sudeste asiático.

Un coste a largo plazo

La cuenca baja del Mekong es la mayor fuente de alimentos del sudeste asiático continental. Más de 60 millones de personas dependen del río, del que obtienen el 80% de sus necesidades diarias de proteínas. De hecho, esta zona alberga la mayor pesquería continental del mundo que genera un negocio directo —sin contar la venta en mercados o el transporte— de entre 3.900 y 7.000 millones de dólares. Más allá de su valor económico, remarca Ame Trandem, el Mekong supone la única alternativa para garantizar la seguridad alimentaria en la zona. Un informe de WWF y la Australian National University constató que no existe suficiente tierra y agua disponible en el área del Mekong para criar el ganado necesario para remplazar las proteínas aportadas por la pesca.

Además de reducir entre un 26 y 42% el potencial pesquero del Mekong, la construcción de las once presas hidroeléctricas dañará también la fertilidad de los humedales, cuya productividad depende de los nutrientes arrastrados por el río desde el norte. Apenas el 25% de los sedimentos que históricamente ha recibido el delta del Mekong seguirán llegando. Al tiempo, miles de hectáreas de bosque están siendo taladas, en muchos casos de forma ilegal, y al menos la mitad de los huertos cultivables de la ribera del río quedarán destruidos.

La seguridad alimentaria de dos millones de personas está en juego a la orilla del Mekong. Algunas comunidades, como la de Kbal Romeas, apenas a una hora de Phluk, han comenzado a organizarse para paralizar o al menos modificar el diseño de la presa. Quieren que el Gobierno escuche sus demandas, resumidas por escrito en una carta abierta: “Lower Sesan traerá incluso más desesperanza que el régimen de Pol Pot, pero el Gobierno insiste diciendo que esto es ‘desarrollo’. Nosotros creemos que el desarrollo debería hacer a la gente de Camboya más feliz”.

Mr. Mai amarra el cabo a uno de los árboles, mientras Son Wen sortea el último latigazo del Mekong. La jornada ya ha concluido por hoy, aunque el sol brilla todavía sobre los sempiternos cúmulos del horizonte. Amenaza tormenta. “Será mejor resguardarse”, nos azuza Mr. Mai. Cuando todo se inunde, no habrá forma de escapar.

Reportaje publicado en Planeta Futuro de El País