Soua Cheng fue entre 1975-2002 el líder de la resistencia Hmong en Vang Vieng area (Pablo L. Orosa) copia

Los últimos de Vietnam

A Soua Cheng Her los años que pasó en las montañas de Moung Cha luchando contra el Pathet Lao le han envejecido la mirada. Es el coste de mirar a la guerra a los ojos. Entre 1970 y 2002, Soua Cheng fue uno de los comandantes de las milicias Hmong utilizadas por la CIA en su ‘contienda secreta’ en Laos. Hoy apenas un centenar de guerrilleros siguen combatiendo al Gobierno comunista en las selvas del norte del país bajo el mando del ‘Presidente’. “Peleamos por nuestra libertad”. Al escuchar la voz de líder de los Chao Fa, Soua Cheng se revuelve en la silla. Por un instante, la amargura desaparece de su rostro. El corazón de la resistencia Hmong todavía late. Ellos mantienen viva la última batalla del Vietnam.

Durante la época de lluvias, la carretera a Moung Cha es un barrizal intransitable que serpentea entre frondosos barrancos. Cuando el lodo se seca, sólo un camión cubre a diario la ruta entre Phonsavan, la capital de la llanura de las Jarras, y Phou Bia, en las faldas de la cordillera Annamese. “Es el territorio de los Hmong donde casi nadie puede entrar. El Ejército lo vigila”. Mr. Vang tiene la selva en la memoria. “Yo nací en Long Chen”, subraya. El lugar más secreto del mundo desde el que la CIA organizó el atroz bombardeo de Laos, el más intenso sufrido por una población civil en la historia. Dos millones de bombas arrojadas por el Ejército norteamericano entre 1964 y 1973. Un cargamento completo  cada 8 minutos, 24 horas al día, durante 9 años. Una guerra secreta para frenar el avance comunista en el patio trasero del Vietnam.

“Hoy Long Chen es una pequeña aldea cubierta por la maleza en la que sólo residen algunos campesinos”, asegura Mr. Vang. Los restos de la antigua pista de aterrizaje son el único vestigio de la que fue la segunda ciudad más grande de Laos. Hasta 50.000 personas llegaron a habitar esta urbe clandestina en los años sesenta. Tras la caída de Saigon, la CIA abandonó también Long Chen, olvidando a sus antiguos aliados Hmong. Únicamente los comandantes de mayor rango, o los que tenían suficiente dinero, pudieron huir a Estados Unidos; los demás fueron perseguidos por el Pathet Lao. “Después de que los americanos se marchasen, en diciembre de 1975, los ejércitos  comunistas de Vietnam y Laos trataron de hacerse con el control del país. Nos acusaron de haber colaborado con la CIA y seguir haciéndolo. Nos decían ‘vosotros trabajábais para la CIA, vosotros sois la CIA ahora’, recuerda Soua Cheng. Más de 200.000 hmong huyeron entonces a la selvas. “En el Estado de Vientiane nos refugiamos en Moung Cha. Éramos alrededor de 20.000″. Sin apenas armas, comida y medicinas lograron resistir los ataques del Ejército laosiano durante más de dos décadas. “Nos alimentábamos con lo que encontrábamos en el bosque, bananas, brotes de bambú, frutas en general, y lo que lográbamos cazar”, cuenta Soua Cheng, quien aquellos días lideraba la insurgencia en el área de Vang Vieng.

Poco a poco la resistencia fue mermando. Los guerrilleros perdían la vida en las emboscadas, mientras los niños y ancianos fallecían a causa de la hambruna y la falta de atención médica. “Mi familia dejó la selva cuando yo tenía 9 años. No había nada que comer”, rememora Mr. Vang. “Yo decidí rendirme en junio de 2002, cansado de que nos envenenasen y nos masacrasen con sus armas. No teníamos con qué defendernos”, añade Soua Cheng. La huella de aquella derrota ensombrece todavía hoy sus palabras.

Un grupo de guerrilleros Chao Fa resiste todavía agazapado en Phou Bia. Son apenas un centenar. Los últimos del Vietnam. “No tuvimos otra opción que organizarnos y ponernos en pie para defender nuestra libertad en 1975. Desde entonces seguimos luchando por nuestros derechos. No nos vamos a rendir”. Al escuchar la voz del Chong Lor Her, el líder de los Chao Fa, Soua Cheng esboza una tímida sonrisa.

De aquella época conserva un uniforme marcial, con ribetes azules, en el que esconde ahora una figura enflaquecida tras años de penurias en los campos de refugiados. Al norte, en las selvas, la situación de los guerrilleros sigue siendo calamitosa. “No hay comida, apenas ropa…además el Gobierno nos ataca una y otra vez”, explica en conversación telefónica Chong Lor, al que toda la comunidad conoce como el Presidente.

El Ejecutivo comunista del Lao People´s Party (LPRP), heredero del Pathet Lao, lleva una década asfixiando la resistencia Hmong, bloqueando su manutención y cualquier forma de financiación. “Utilizan la comida como arma, infligiendo una hambruna masiva entre los grupos Hmong sospechosos de estar en contra del Gobierno” afirma Philip Smith, director del Center for Public Policy Analysis (CPPA). El área de Saisombun permanece cerrada al turismo y sólo algunos campesinos están autorizados a vivir allí. “Se estima que el 30% de las tierras de Laos está en manos de compañías extranjeras, principalmente de China, Vietnam y Tailandia. La situación es especialmente preocupante en algunas zonas del norte del país, habitadas por los Hmong, designadas zonas económicas especiales para el desarrollo de proyectos industriales”, señala en un informe Unrepresented Nations and Peoples Organization (UNPO). La política de desalojos forzosos ha ido acompañada de una campaña de violencia étnica para minar el apoyo de los Chao Fa entre la comunidad. En marzo de 2013, cuatro profesoras fueron asesinadas por soldados laosianos en Phou Bia. Hoy en Phonsavan todos guardan silencio.

Exhaustos, algunos grupos de guerrilleros han seguido rindiéndose. “Entiendo a los que lo hacen. Son mi gente. El Gobierno usa todos los medios que puede para acabar con nosotros: sufrimos una hambruna severa y no hay medicinas para los heridos. Los que no pudieron soportarlo, tuvieron que abandonar”, afirma el Presidente. En los últimos meses, los combates se han recrudecido, causando decenas de víctimas en ambos lados. “Batallones del Ejército laosiano vienen para atacarnos. Además, el Gobierno usa también soldados vietnamitas en sus ofensivas”, relata Chong Lor Her. Desde el 12 de diciembre de 2014, Phou Bia está completamente rodeada por las fuerzas armadas: las granjas de la zona han sido destruidas y sus tierras contaminadas.

“Tenemos información de que volverán a usar agentes químicos para desestabilizar a la comunidad y después atacarnos”, alerta el líder de la resistencia. En los últimos seis años, la guerrilla asegura haber sido bombardeada hasta en doce ocasiones con armas químicas, la última de ellas el 6 de septiembre de 2014. Casi treinta personas resultaron afectadas, cuatro de ellas de forma muy grave. “Utilizan un helicóptero o un avión para esparcir agentes químicos. Dan vueltas varias veces sobre la zona. Al cabo de dos días, empezamos a desmayarnos, sufrimos nauseas y mareos. Todo huele a carbón”, asegura Chong Lor Her.

Las acusaciones por el uso de armas químicas contra el Ejecutivo laosiano no han podido ser probadas. “Es cierto que no tenemos evidencias, pero por eso queremos que venga la comunidad internacional. Tienen que saber lo que está ocurriendo aquí. La única verdad es que cada vez que el avión sobrevuela la región caemos enfermos”. De hecho, en enero el CPPA solicitó al Consejo para los Derechos Humanos de Naciones Unidas (UNHRC) que investigue las torturas, violaciones, ejecuciones extrajudiciales y los supuestos bombardeos con cloro, gas mostaza y otros agentes químicos.

La traición norteamericana

A finales de la década de los cincuenta, con el conflicto en Vietnam en ciernes, la CIA buscaba un aliado para frenar al movimiento comunista en Laos y sabotear los suministros que la guerrilla del Vietcong recibía a través de la ruta Ho Chi Minh, a lo largo de la frontera con Vietnam. Los Hmong, conocidos por su valor y determinación, fueron los elegidos. Enfrentados a la mayoría Lao, vivían en las montañas de la cordillera Annamese, un recóndito rincón del que el mundo jamás había oído hablar.

A mediados de los sesenta, la CIA contaba con una base en Long Chen y un ejército clandestino compuesto más 30.000 guerrilleros Hmong a los que habían convencido con altos salarios y la promesa de una patria propia. El general Vang Pao estaba al frente de las milicias. Entre 1961 y 1975, la guerrilla étnica participó en la denominada guerra secreta, enfrentándose cuerpo a cuerpo con las fuerzas comunistas. Al mismo tiempo, desde el aire, pilotos del Ejército estadounidense, los Ravens, arrasaban el país camuflados como oficiales de Air America. Durante nueve años, todo el territorio rayano a Vietnam fue violentamente bombardeado. Casi medio millón de misiones para destruir cualquier enemigo potencial. Aunque nadie lo supo entonces, el misil que una medianoche de 1968 mató a 374 personas en la cueva de Than Piew partió también de Long Chen.

En Phonsavan no hay ni un solo edificio anterior a la guerra. Muchos incluso están cimentados sobre los restos de metralla. Localidades como Ban Kai, a escasos kilómetros de la frontera, fueron masacradas. “Los aviones que no habían podido tirar todas las bombas en sus misiones las descargaban aquí antes de aterrizar en Long Chen”, explica Mr. Vang mientras avanza entre los cráteres arcillosos que dominan el horizonte.

La retirada de las tropas norteamericanas de Vietnam en 1975 supuso también la derrota de las mermadas tropas Hmong. La operación encubierta en Laos fue desmantelada y apenas un pequeño grupo de oficiales del ejército guerrillero, lucrados en su mayoría en el tráfico de heroína, fueron trasladados a Estados Unidos. Su líder, Vang Pao, fue uno de ellos.

La persecución de los vencidos

“Inmediatamente después de que se marcharan los americanos, el Pathet Lao y los vietnamitas arrasaron dos aldeas Hmong. La gente se asustó y nos marchamos a la jungla. El Ejército nos persiguió hasta Moung Cha para matarnos. En la selva, nos teníamos que mover constantemente cada pocos días. Si nos quedábamos mucho tiempo, nos masacraban”, evoca Soua Cheng. El Gobierno comunista, apoyado por el nuevo régimen vietnamita, había emprendido una fuerte campaña para acabar con sus enemigos del norte. Muchos de los Hmong que no huyeron a las montañas, así como aquellos que eran capturados, fueron enviados a campos de trabajos forzados. Más de 230.000 Hmong fallecieron durante esos años.

Al menos otros 200.000 tomaron el camino del exilio por la porosa frontera con Tailandia. Desde allí huían a Estados Unidos, donde Vang Pao lideraba un movimiento opositor acusado en repetidas ocasiones de organizar rebeliones y conspirar contra el régimen comunista. En 2007, después de que la justicia norteamericana detuviese al líder Hmong por su implicación en un presunto golpe de Estado -del que finalmente fue exculpado-, el Gobierno de Laos firmó con Tailandia un acuerdo para repatriar a los todos los Hmong que permanecían en los campos de Phetchabun. En diciembre de 2009, los últimos 4.000 refugiados fueron enviados a Laos sin que ningún organismo internacional pudiese velar por el cumplimiento de los derechos humanos.

“Los rumores empezaron el día 23 de diciembre, aunque no ocurrió nada hasta el día 28. Esa mañana aparecieron los oficiales del Ejército tailandés y nos juntaron a todos. Nos metieron en un camión y nos dieron algo de dinero. Luego nos taparon los ojos y nos enviaron a Laos. Pronto empezaron los golpes”, recuerda Soua Cheng. A sus 60 años, la memoria todavía no le permite olvidar aquellas horas.

La campaña de hostigamiento contra los Hmong, calificada de “limpieza étnica” por algunos colectivos internacionales, se ha recrudecido con la vuelta de los refugiados. Las expropiaciones forzosas, las detenciones arbitrarias y las ejecuciones extrajudiciales son cada vez más frecuentes. “Miles de Hmong repatriados desde Tailandia en 2009, simplemente,  han desaparecido en el entramado secreto de gulags de Laos”, asegura Smith. Otros muchos “han vuelto a huir a Tailandia”, señala Ian Baird, profesor de la Universidad de Wisconsin y experto en la cultura étnica del sudeste asiático. De los 20.000 Hmong que permanecían en Laos a finales de los setenta, hoy resisten unos 3.000, según los datos de la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH).

Soua Cheng también decidió volver a Tailandia. Lo hizo después de que otro de los antiguos líderes del Chao Fa fuese capturado y torturado. “No nos quieren en Laos. Creen que volveremos a tomar las armas y luchar en la selva”, afirma el excomandate de Vang Vieng mientras sostiene una fotografía de su compañero muerto.

En el exilio, la vida de los Hmong no es tampoco fácil, apunta Baird. “Su mayor problema es que no hablan el idioma local, ni tampoco inglés. Además, no residen legalmente en el país, por lo que pueden ser arrestados en cualquier momento. Así, pueden conseguir algún trabajo, pero cuando la Policía les arresta tienen que pagar dinero para ser liberados”. En los últimos meses, la Junta Militar que controla Tailandia ha endurecido los controles para evitar que una nueva oleada de refugiados se cuele por la frontera como paso previo para recalar en América. “Los que están ya en Tailandia no pueden volver a Laos, ni volar a Estados Unidos. Están atrapados”, asegura Baird.

“Sólo volveré si tenemos un Estado propio”

En la aldea Hmong de Ban Takjok, a poco más de una hora de Phonsavan, una mujer enseña a su hijo a escoger el arroz. Éste ríe a carcajadas, distraído por las peripecias de una cría de cerdo. Apenas ha desaparecido la niebla que al amanecer envuelve las montañas que rodean la llanura de las jarras, y la vida bulle en el pueblo. Un grupo de mujeres prepara el almuerzo en una cabaña sin ventanas por las que puedan colarse los malos espíritus, mientras dos jóvenes se afanan en evitar el lodazal en el que se ha convertido la carretera principal. El barro les cubre ya las chanclas.

Esta mañana no hay nadie en la herrería. “Normalmente utilizan los restos de los misiles para hacer cuchillos”, explica Mr. Vang. La comunidad de Ban Takjok se ha adaptado a la vida bajo el mandato del Partido Popular Revolucionario de Laos (PPRL) -el nombre que adoptó el Pathet Lao tras la guerra-: un régimen policial en el que cualquiera puede ser delatado. Sólo los leales al politburó, entre ellos algunos de los Hmong -un tercio del total- que lucharon del lado de los comunistas, están a salvo. “Algunos son en la actualidad miembros del Gobierno, incluso ministros. De hecho, el portavoz de la Cámara es de etnia Hmong”, remarca el profesor Baird.

Pese a su presencia, la enseñanza del idioma y la cultura Hmong, así como sus prácticas religiosas, sigue estando prohibida. “Por ejemplo, si vamos al mercado tenemos que hablar en laosiano”, apunta Mr. Vang. Más de medio siglo de disputa bélica, con más de 200.000 muertos según los datos del Congress of World Hmong People (CWHP), ha enquistado las relaciones entre ambas etnias. Más allá del discurso retórico de algunos dirigentes laosianos, la reconciliación es todavía una utopía. “Ya no podemos seguir viviendo en la nación Lao. Los Hmong tenemos que vivir en nuestra propia tierra”, asegura el líder de los Chao Fa. Los guerrilleros Hmong, pese a su ya exigua capacidad de resistencia, se niegan a rendirse: “El Gobierno de Laos ha usado en varias ocasiones en el pasado su propaganda política para tratar de influir en nuestra gente y forzar un acuerdo, pero no hay paz posible para los Hmong”.

El anhelo de esta minoría es regir su propio país, un territorio de casi 50.000 kilómetros cuadrados bañados por el Mekong entre Houaphanh, Xieng Khouang, Sayaboury y la histórica ciudad de Luang Prabang. En enero de 2008, el CWHP solicitó a la ONU el reconocimiento de un Estado propio que dividiera el país por el paralelo 18, lo que supondría incluir dentro del territorio Chao Fa a la capital del país, Vientiane. “Llevan mucho tiempo intentándolo, pero cada vez son más débiles. En este momento es imposible la creación de un Estado independiente”, sentencia Baird.

Soua Cheng se incorpora y coge un mapa de Laos. Hay memoria en sus ojos. Con un dedo traza una línea imaginaria. Después fija la mirada en su interlocutor: “Yo sólo volveré si tenemos nuestro propio país”.

Reportaje publicado en la revista Ctxto