Chipre, último muro de Europa

Ahmet Sakali no olvida aquella tarde de 1974. “Estaba sentado en un café. Un comandante de la ONU entró y preguntó ¿quién está al mando? Me levanté y me acerqué. Le dije que no respondía a sus órdenes y que no retiraría mis tropas a las colinas”. Finalmente Ahmet y sus hombres de la brigada turcochipriota tuvieron que marcharse del pueblo. La guerra había vencido. Cuando por fin pudieron volver, tres años después, la vida en la pequeña villa de Pyla había cambiado. La mitad de su población había huido y una frontera de barricadas, bolsas de arena, alambres de púas y puestos de guardia había partido Chipre en dos.

A diferencia del resto del país, donde turcos y grecochipriotas se dividieron en función de su etnia, los habitantes de Pyla fueron obligados a convivir. “Hubo que ser muy cuidadoso para que la ciudad no se quemase por las disputas”, explica Ahmet, quien tras la guerra se convirtió en mukhtar -responsable del barrio turcochipriota-. La construcción de una carretera o un pozo bastaba para reavivar los enfrentamientos. “Ambas partes cometieron errores”, reconoce Nicos Maiolis, un grecochipriota que se instaló en la ciudad en 1983. Aunque compartían un mismo espacio, ambas comunidades no se relacionaban: estudiaban en colegios separados, jugaban al backgamon en cafés distintos y rezaban en sus propios templos, los griegos en la iglesia ortodoxa y los turcos en la mezquita. Hoy, “la gente se mezcla en los mismos bares”, subraya Maiolis mientras pide un café en un local del centro. “Vivimos como hermanos”, añade Ayse Karim, una turcochipriota que llegó tras la guerra. Pese a los esfuerzos, en Pyla, cuatro décadas después, las comunidades aún mantienen las distancias: apenas hay matrimonios mixtos, los cementerios están divididos según la etnia y las relaciones personales se circunscriben habitualmente a la sociedad de pertenencia. Incluso cada grupo utiliza su propia moneda.

“Pyla es un ejemplo para el mundo de cómo vivir en paz siendo distintos”, tercia Ahmet. “Antes de dormir rezo para que nuestros hijos no sufran el baño de sangre que nosotros vivimos. Si las comunidades confían la una en la otra -el proceso de reunificación- funcionará, si intervienen otras fuerzas, como la iglesia, nunca vendrá la paz”, asegura. Para ello, añade, primero tendrá que irse la ONU: “No quiero que sigan aquí”. La misión especial de la ONU se desplegó en la isla en 1964 para garantizar su estabilidad ante la deriva violenta que lo arrastraba. En la actualidad administra los 180 kilómetros que componen la denominada “Línea Verde” que aún divide el país. “Hoy están de vacaciones. Esto no es Serbia o Afganistán”, apunta Maiolis señalando a una pareja de soldados apostada en la azotea del edificio de la ONU.

En Pyla, situada a escasos kilómetros del puerto de Larnaca, viven en la actulidad más de 1.300 personas, con una ligera mayoría de grecochipriotas. “No hay ningún problema entre nosotros”, destaca Ayse mientras riega las plantas de su jardín, una estampa que se repite a lo largo de la carretera principal. En el trayecto apenas se ven jóvenes. Muchos han dejado el pueblo ante la falta de oportunidades laborales. “La tasa de desempleo entre los jóvenes es del 36%, ése es el verdadero problema”, lamenta Maiolis.

En Nicosia, la capital del país, el desempleo es también la principal preocupación. Tras el hundimiento de su sistema financiero, algunos grecochipriotas han abierto la puerta a la reunificación y han aceptado las compensaciones de la República Turca del Norte de Chipre (TRNC, por sus siglas en inglés) por la ocupación de sus casas. “La crisis ayuda a que la gente se dé cuenta de que juntos se obtendrán mejores resultados”, asegura la joven Vasia Markides. El propio Ejecutivo chipriota ha desoído los consejos de la UE y ha desbloqueado las sanciones a Rusia, con la que negocia la instalación de varias bases militares en su territorio. Aunque no hay una estimación oficial del provecho económico que supondría la reunificación, los expertos coinciden en que sería muy rentable para ambas partes. “Si encontramos una solución dentro del marco de la UE los beneficios serán enormes, especialmente para la comunidad turcochipriota”, afirma Andreas Charalambous, alto cargo del ministerio de Finanzas de la República de Chipre.

La energía, de catalizador a obstáculo

El 11 de febrero de 2014 los líderes de ambas comunidades anunciaron la decisión de retomar, tras dos años paralizadas, las negociaciones para la reunificación. Las esperanzadoras estampas del viaje de líderes turcochipriotas a Grecia y grecochipriotas a Turquía, el primero en varias décadas, o la visita a la isla del vicepresidente estadounidense, Joe Biden, se diluyeron el pasado mes de octubre tras la retirada de la delegación grecochipriota de la negociación en respuesta a las exploraciones energéticas autorizadas por la TRNC en la Zona Económica Exclusiva (EEZ) chipriota. El ejecutivo de Nicos Anastasiades, que había otorgado licencias de extracción en la zona a un consorcio formado por la italiana Eni y la surcoreana Kogas, se niega a retomar el diálogo mientras otras empresas operen en las aguas que la TRNC reclama.

“Esto es un país, con su Gobierno, que ha sido reconocido internacionalmente y que tiene derechos sobre los recursos naturales bajo la convención de la UE”, asegura el comisionado grecochipriota, Andreas Mavroyiannis. La negociación sobre los hidrocarburos, desde la perspectiva grecochipriota, nunca se realizará antes de haber alcanzado un acuerdo para la reunificación. “Para que las conversaciones empiecen debe existir una solución al conflicto de Chipre y por supuesto que serán después de la solución. Toda relación con Turquía debe venir tras la solución de Chipre”, remarca el ministro de energía chipriota, Yiorgos Lakkotrypis.

Chipre, último muro de Europa

Antes incluso del proceso iniciado hace un año, los turcochipriotas han reclamado sin éxito una mesa de conversación sobre energía. Acusan a la parte grecochipriota de usar la energía como pretexto para suspender las conversaciones. “Se retiraron del proceso cuando íbamos a entrar en la etapa de negociación real”, asegura el negociador jefe de la parte norte, Ergün Olgun, quien justifica las actuaciones de su gobierno como una “respuesta a la actuación unilateral de los grecochipriotas en el tema de los hidrocarburos”.

Ambas comunidades han jugado además sus cartas en el tablero internacional. Así, el Gobierno grecohipriota negocia con Israel, Egipto y Líbano para avanzar en la explotación y transporte de los recursos offshore del Mediterráneo, mientras los turcochipriotas han recurrido a la Turkish Petroleum Corporation para explorar las costas de Chipre. Ahora la disputa energética es ya una cuestión transnacional. “Los hidrocarburos descubiertos pueden convertirse en una bendición o en una maldición, dependiendo cómo sean manejados”, advierte Olgun, para quien ambas partes “deberían suspender todas las actuaciones unilaterales y afrontar la cuestión de los hidrocarburos cuanto antes en una mesa de negociación o fuera de ella”.

Ante el estancamiento del proceso, la ONU, principal impulsor de las negociaciones, envió a la isla el pasado enero a su consejero especial para la cuestión chipriota, Espen Barth Eid, con el propósito de desbloquear las conversaciones. No obstante, sigue siendo Estados Unidos quien puede conminar una solución. “Si mañana los americanos dejasen de tener interés el proceso colapsaría al día siguiente”, augura el profesor Ahmet Sözen, responsable del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad del Este del Mediterráneo, para quien las negociaciones son “frágiles” al haber sido iniciadas “por el empuje de agentes externos” sin que exista “voluntad” en los líderes locales.

El trasfondo del interés norteamericano se explica por una razón geoestratégica: Estados Unidos quiere aprovechar los recursos energéticos offshore del este del Mediterráneo para pacificar la zona, mejorar las relaciones entre Turquía e Israel y reducir la dependencia energética que Europa tiene de Rusia diversificando el abastecimiento. “Esta zona es muy importante para Estados Unidos y quieren, a través del acuerdo en Chipre, ser un catalizador de un cambio positivo en esta parte del mundo”, reconoce Mavroyiannis. Pese a la presión internacional, ambas comunidades se muestran reacias a transigir con una solución impuesta. “Nunca aceptaremos que nadie venga con el plan”, insiste Mavroyiannis al recordar el fracasado plan Annan de 2004.

En el escenario geopolítico, la Unión Europea apuesta también por la reunificación, aunque sus políticas hayan generado el efecto contrario. Desde mayo de 2004, la República de Chipre forma parte de la UE en representación de toda la isla, aunque en el norte no se aplican las normas comunitarias. “El objetivo de la UE es fomentar las relaciones y construir la paz, pero sus políticas están haciendo más profunda la división”, comenta Sözen para explicar el recelo de los turcochipriotas ante el rol de la UE.

Sobre la mesa de negociación hay varios asuntos enquistados: la retirada de las tropas turcas de la isla; el desbloqueo del embargo; el reparto de poder; y, sobre todo, la cuestión demográfica. Chipre, la tercera isla más grande del Mediterráneo, cuenta con algo más de un millón de habitantes, 838.897 en el territorio grecochipriota y alrededor de 286.000 en el norte, según el censo de 2011. En 1973, la población turcochipriota no sobrepasaba las 116.000 personas. Tras la intervención turca, alrededor de 150.000 turcos llegaron como parte de la estrategia de asimilación impulsada por Turquía. A día de hoy, el papel de estos pobladores es una de las grandes discrepancias. La República de Chipre no reconoce sus derechos y exige su marcha, algo que la TRNC no acepta. “No queremos que los colonos permanezcan en la isla. Al menos dos tercios de la población que reside en la parte ocupada no es turcochipriota. ¿Vamos a construir el futuro de nuestro país con gente que no tiene nada que ver con Chipre?”, apunta Mavroyiannis. “Tiene que haber cierta retirada, pero tras 40 años creemos que la vida continúa. Nuevas vidas se han desarrollado en esas propiedades y se debe tener en cuenta”, tercia el exnegociador jefe turcochipriota, Kudret Özersay.

Paralelamente, los líderes negociadores deben encontrar una solución al problema de la propiedad. El intercambio poblacional de 1975 supuso una importante alteración demográfica que provocó que muchas viviendas fueran ocupadas por nuevos moradores. Si se acuerda la reunificación, estas viviendas deberían ser revertidas a sus dueños originales. El intercambio de propiedades o las compensaciones económicas son dos alternativas para evitar un proceso masivo de reversiones. “La disputa viene por quién decide por cuál de los mecanismos se opta. Los grecochipriotas dicen que debe ser el dueño original el que tenga la potestad de elegir, pero ¿qué pasaría si todos piden la restitución de su vivienda?”, señala Sözen.

Las reuniones en edificios coloniales de la zona neutral prosiguen sin que ninguna de las dos partes ceda en sus pretensiones: los turcochipriotas anhelan una república bizonal y bicomunal basada en la igualdad política de ambas comunidades, lo que supondría una alternancia en la presidencia del país, una prerrogativa que los grecochipriotas no aceptan. “Iría contra los principios de la democracia”, espeta Mavroyiannis. Para Sözen, todo esto refleja que “no hay una disposición auténtica para buscar una solución federal”. Mientras, algunos expertos abogan por la belgificación de Chipre: crear un Estado que rija ambas comunidades independientemente de las dificultades políticas. “Lo mejor que se puede esperar para Chipre es una belgificación”, destaca Sözen.

Chipre, último muro de Europa

La desconfianza mutua lastra la reunificación

“En 1960 vivíamos todos juntos e incluso había matrimonios mixtos. Desde entonces las relaciones se han ido enfriando y tras la declaración de independencia de 1983 han ido a peor”, recuerda Sigma Okburan, portavoz del ayuntamiento de Famagusta. El desapego entre ambas comunidades al que alude se fraguó en el intercambio de población de 1975, un pacto que consumó la división sociológica de la isla. A día de hoy apenas hay matrimonios mixtos y aunque desde 2003 el tránsito al otro lado de la isla está permitido para los chipriotas pocos cruzan más allá de la frontera custodiada por la ONU. “La falta de confianza es aún el principal problema”, reconoce Olgun. “Es un dinamo. Necesitamos dar ciertos pasos hacia la creación de confianza entre ambas comunidades”, admite Ozersay, quien fue cesado de su cargo como negociador jefe el pasado mes de octubre tras anunciar, según los medios locales, su intención de concurrir a las elecciones de 2015.

La desconfianza mutua ha sido una de las causas fundamentales del fracaso de los sucesivos intentos de reunificación. “El proceso necesita enganchar a la sociedad construyendo paralelamente a las negociaciones proyectos que ayuden a construir la confianza entre ambas partes”, insiste el profesor Ahmet Sözen. Desde los años 80, las conversaciones se han repetido sin acercarse a una solución global. “El problema en los anteriores procesos es que fueron negociaciones al margen de la sociedad. Eran negociaciones entre los líderes políticos celebradas en edificios de la zona desmilitarizada”, explica Sözen, quien fue asesor del exlíder turcochipriota Mehmet Ali Talat en el anterior proceso. Hoy la situación no es mejor. “La sociedad no está involucrada. Cuando el proceso se alarga indefinidamente la gente pierde el interés y la esperanza”, añade. Por eso es necesario seguir dando pasos históricos como el logrado en 2008 con la apertura del paso fronterizo de la bulliciosa calle Ledra del centro de Nicosia, última capital dividida de Europa tras la caída del muro de Berlín. El desbloqueo de los puertos de la TRNC -cuyo tráfico está prohibido por el embargo que pesa sobre el país- o la retirada parcial de las tropas que Turquía mantiene en la isla son algunas de las prioridades políticas. Otros pequeños gestos, como permitir que las líneas telefónicas funcionen en ambos lados de la isla, son los más anhelados por la sociedad civil.

Uno de los iconos del conflicto que podría acelerar -o lastrar- el proceso está en el barrio grecochipriota de Varosha, en la histórica ciudad chipriota de Famagusta, abandonado tras la intervención turca de 1974. Su reapertura sería un “hito para impulsar el proceso de paz”, reconoce Vasia Markides, una grecochipriota-estadounidense que impulsa el proyecto Eco Famagusta, una iniciativa en la que jóvenes de ambas comunidades trabajan para crear en Varosha un espacio de convivencia basado en las nuevas tecnologías y el desarrollo sostenible. “Se trata de juntar a la gente alrededor de ideas y metas comunes para evitar el nacionalismo y las divisiones étnicas”, explica Nektarios Christodoulou, otro de los impulsores del proyecto. El lujoso complejo vacacional, al que en la década de los 70 acudían estrellas de Hollywood como Elizabeth Taylor, fue ocupado por las fuerzas turcas, que obligaron a sus habitantes, en su mayoría grecochipriotas, a abandonar la zona. Tras la declaración unilateral de independencia de la TRNC, en 1983, la ONU decretó que sólo sus antiguos moradores tienen derecho a habitar el barrio, a lo que el Ejército turco respondió cercando la zona. Desde entonces sólo soldados turcos y miembros de la ONU han vuelto a entrar en Varosha. La oposición del Gobierno de la TRNC es a día de hoy el principal obstáculo para la reapertura de este barrio fantasma, cuyas ruinas de hormigón atraen la mirada de los turistas.

Chipre, último muro de Europa

Historia de una división

Las calles de Nicosia son el reflejo de la historia de Chipre. La ciudad está dividida en dos a pesar de que sus muros claman por un país “sin fronteras y sin naciones”. La zona colindante a la Línea Verde es una amalgama de casas semiderruidas flanqueadas por mezquitas e iglesias ortodoxas que recuerdan la herencia de sus colonizadores. El ritmo de sus habitantes confirma que una parte es Europa y la otra el paraíso turco de los casinos. La comida, vida nocturna y el idioma dejan claro a primera vista que estamos ante dos países distintos. La división, hoy evidente en los hábitos, llegó en 1974 tras la intervención turca en el norte de la isla, aunque venía fraguándose desde la década de los 50. Durante estos años, ya bajo la administración británica, los movimientos nacionalistas griegos, agrupados principalmente en EOKA, empezaron a reclamar la independencia. Su interés por devolver el país a Grecia –la denominada enosis- se evidenció tras la independencia de 1960. Durante el gobierno del arzobispo grecochipriota Makarios III las disputas étnicas brotaron junto a los grupos radicales: Grecia apoyaba a EOKA y Turquía al TMT. Las crisis políticas y los asesinatos sumieron el país en el caos. La presencia de la ONU no pudo evitar el golpe de estado promocionado por la Junta Militar griega que obligó a Makarios III a abandonar el país. Cinco días más tarde, el 20 de julio de 1974, Turquía lanzaba, amparándose en su condición de garante constitucional, la Operación Atila. En varias maniobras relámpago conquistó el tercio norte de la isla y forzó a la población grecochipriota a abandonar su administración, creando miles de desplazados y la partición de la isla en norte y sur.

La falta de soluciones llevó a la TRNC a declarar su independencia en 1983. Sólo Turquía reconoció su Gobierno, mientras la comunidad internacional iniciaba un embargo. Aún hoy se puede sentir la influencia de los países garantes y la ausencia de un claro sentimiento nacional chipriota: las banderas de Chipre ondean en mismo número que las turcas o griegas, mientras los principales puertos y bases militares están bajo dominio británico.

Aunque desde los años 90 no se han producido muertes por este conflicto, la tensión es todavía palpable. El pasado mes de marzo, jóvenes del grupo grecochipriota de extrema derecha ELAM boicotearon violentamente un acto en Limasol en el que intervenía en el exlíder turcochipriota Talat. “No hay violencia porque las comunidades están separadas, pero cuando se juntan surgen de nuevo los conflictos”, afirma Nektarios Christodoulou.

Edificios abandonados, banderas corroídas por el tiempo y el enjambre de barricadas y alambradas que parte Nicosia son una bofetada diaria de conciencia. Un recuerdo de las consecuencias de la guerra. “No quiero que mis hijos o mis nietos, ni los hijos o los nietos de los grecochipriotas, sufran la experiencia que yo viví”, afirma el magnate de la prensa Suleiman Erguclu. “No podemos seguir matándonos tras 40 años”, añade Nektarios. Por ello, las actuales negociaciones son una oportunidad histórica. “Si se pierde, será muy difícil retomarlas”, asegura el responsable de asuntos exteriores de la TRNC, Özdil Nami. “La vida en Chipre es normal. Lo que ocurre es un problema político que esperemos termine pronto”, sentencia Nicos Maiolis mientras apura su café en un bar del centro de Pyla. Unos metros más abajo, junto al café turcochipriota, Ahmet Sakali asiente con la cabeza. Para ellos el muro ya es historia.

Reportaje realizado junto a Miguel Fernández y publicado en La Razon