Hoy me di cuenta de que había muerto una palabra

Hoy me di cuenta que había muerto una palabra. Lo hizo sin despedirse. Una última vez a la carrera. Una fuga kamikaze. Aquel gesto inconsciente, aprendido durante interminables sesiones en el logopeda, desapareció para siempre. Ya nadie volvería a curvar los labios así, en esa mueca artificial que convierte las U en I y las I en U.  Fue en un vagón de metro. Uno que transporta palabras. Allí, sentado sobre la repisa que se asoma sobre el túnel, el joven trató de hablar. Rebuscó la palabra en su estómago. Era un caza conocida. La de la palabra mil veces repetida. Hoy, sin embargo, no encontró más que un crujido sordo. Como el de un árbol al partirse. Dicen que ese es el sonido que hace una palabra al morir.