Desde la línea Maginot no se ve el sol

No queda nadie ya. Todos se han marchado. Sólo el joven soldado con una docena de crisantemos rojos espera junto a la tumba del General. Como cada año, el soldado empieza a bailar justo a las 7 en punto. Un baile sincopado. El vals de los ahorcados. Nos cogieron a traición, mi general. Por la espalda. No nos lo esperábamos. O quizá sí. Fue una masacre. Una carnicería a campo abierto. No quedaban trincheras en las que resguardarse. Sólo ratas, barro y humedad. No se preocupe mi General, hubo honor en la caída. Ni un sólo hombre dio un paso atrás. No hubo huidas, ni traiciones. Ni siquiera deserciones. Sólo un amargo sabor a derrota cuando nos despedíamos de nuestros camaradas. El viejo John fue el primero en morir. Dijo adiós con el puño en el alto. No hay dignidad en la rendición. El soldado canta. Una antigua canción de cantina. No quedan banderas que defender, mi General. Las han quemado todas. Una brizna de humo en un horizonte humeante. Un recuerdo de un imperio fastuoso. De mares dominados por nuestras fragatas, de cementerios de religiones exóticas, de poetas de falsas elegías. El soldado se cuadra por última vez. Es tiempo de silencio, mi general. Desde la línea Maginot no se ve sol. Sólo la sombra de un Panzer acercándose en la noche.