La-familia-Raad,-desplazada-a-Erbil-por-la-crisis-de-Anbar,-en-su-cuarto-del-hotel-Diyar-(Miguel-Fernández-Pablo-L)_550

Refugiados en su propio país

La familia Raad pasa las horas en el hotel Diyar. Paga 20.000 dinares diarios por una habitación oscura en el centro de Erbil. Tres camas sirven para que seis niños y dos adultos duerman. Apenas un par de maletas bastan para acabar de abarrotar esta estancia de 30 metros. En otro hotel cercano un ingeniero informático iraquí paga 30.000 dinares por un cuarto similar en el que malvive junto a su mujer y sus dos hijos. Ellos también llegaron a Erbil hace 6 meses huyendo de la crisis en Anbar. Esta imagen, en donde las familias abandonan sus vidas para afrontar un incierto destino, se ha vuelto a repetir tras el estallido insurgente en el noroeste de Irak. El destino, en muchos casos, es la Región Autónoma del Kurdsitán, hasta ahora un oasis seguro en el caos iraquí.

A las cerca de 30.000 personas que ya habían llegado al KRG provenientes de Anbar se han unido, en poco más de un mes, parte del medio millón de iraquíes que huyen del Estado Islámico, cuya violencia e interpretación radical del Corán causa pánico en las minorías étnico-religiosas del norte iraquí. A las ya de por sí duras condiciones de estas caravanas humanas se unen, al llegar al KRG, impedimentos legales para reconstruir su vida. Ellos son iraquíes, no kurdos, y, debido a las amplias competencias regionales, sólo pueden obtener un permiso de residencia temporal –de una semana– el cual no es suficiente para emprender una nueva vida. Sin un permiso de residencia permanente, y pese a vivir en su propio país, los desplazados, en su mayoría suníes, no pueden trabajar. Se han convertido en refugiados en su propio país. ¿Qué puedo hacer?, se pregunta el ingeniero cuyos ahorros se agotan pese a que ayuda en la cocina del hotel para reducir la factura.

Tras la caída de Mosul, la ciudad más importante del norte de Irak, miles de personas se agolparon en los pasos fronterizos del KRG. La región kurda no ha sido capaz de hacer frente a la llegada masiva de estos refugiados y muchos de ellos permanecen atrapados a la espera de poder cruzar. Organizaciones como Amnistía Internacional han denunciado recientemente la dramática situación en la que se encuentran estos desplazados, atrapados entre el fuego insurgente y el blindaje kurdo. Una nueva crisis humanitaria que se une a la guerra en Siria, cuyos efectos se dejan sentir en las calles de las grandes ciudades del KRG bajo el manto de la mendicidad.

Anna, la madre de la familia Raad, es una mujer baja y risueña. Se muestra receptiva a cualquier tipo de pregunta y recuerda a los familiares que dejó atrás, especialmente a sus padres. Ellos no han podido salir de Faluya, la ciudad suní que mayor resistencia opuso a la intervención encabezada por Estados Unidos. “Cada día me cuentan las explosiones que hay allí”, explica mientras sus hijos sonríen, ajenos, aunque sea por un instante, a la realidad que rodea a su familia. Al menos en su caso pueden ir a la escuela. El Gobierno destina un único pago de 260 dólares a las familias desplazadas, insuficiente para empezar una nueva vida, y muchos menores se ven obligados a trabajar en la calle e incluso a mendigar, una estampa común en el Irak actual.

Esta mañana el marido de Anna y su hijo mayor no están en casa. Aunque ambos trabajan apenas ganan al día 45.000 dinares (unos 20 dólares) con los que pagar el hotel y alimentar a toda su familia. No reciben ningún subsidio. “Una tienda de alimentación nos da a veces cajas de comida”. Adaptarse a la vida en Erbil no es fácil para esta familia que añora el tiempo en el que fue feliz en Ramadi. “Nuestra vida allí era buena”, recuerda Anna, quien por ahora no piensa en volver. “No se puede vivir entre bombas que estallan cada día cerca de tu casa”.

La situación en la desértica provincia de Anbar llevaba meses deteriorándose. El abandono de la zona por parte del Gobierno de al-Maliki ha ido alimentado el recelo de la mayoría suní hasta que el pasado mes de diciembre la insurgencia inició una descarnada batalla azuzada por las medidas sectarias de Maliki, el Estado Islámico y el rol de los líderes tribales. La familia Raad pudo cruzar la frontera antes de que la situación se enquistase al contar con los recursos económicos suficientes para huir de Anbar. Los más pobres, como en cada conflicto, no han podido seguir el camino de la familia Raad.

La ruta de estos desplazados tiene en muchos casos Erbil, capital de la KRG, como escala temporal. Los altos precios fuerzan a numerosas familias a buscar otro destino. Uno de los lugares que está experimentando este triste boom es Shaqlawa, una pequeña ciudad montañosa donde las casas en construcción y los negocios de hospedaje se han multiplicado en esta zona habitual de turismo para los kurdos que buscan en su entorno natural una alternativa al árido Erbil. La llegada de más de 6.000 desplazados ha revitalizado la economía de la zona y los precios suben a la par que llegan nuevos refugiados. Antes, la panadería familiar en la que trabaja el joven Karo Kamo ganaba 80 dólares diarios. Ahora pasa de los 100. A pesar de la avalancha de desplazados, Karo asegura que no hay problemas de convivencia aunque reconoce que los recién llegados trabajan por menos dinero que ellos.

En el taxi de vuelta a Erbil Mohammed ocupa la penúltima plaza. Él también tuvo que abandonar su casa en Anbar. Allí era policía. Aquí es sospechoso en cada uno de los continuos controles de los militares kurdos. Esta estampa, en la que los árabes son vigilados con lupa, se ha convertido en común dentro del  KRG. En algunas ocasiones incluso son obligados a bajar del autobús y tomar una ruta alternativa siguiendo las indicaciones de los responsables militares. Este férreo control que mantienen las autoridades de la KRG ha permitido el rápido desarrollo económico de la zona –basado en la seguridad de la que carece el resto del país– aunque en algunos momentos los excesos de celo entran en colisión con los derechos de los ciudadanos.

En unos días Mohammed retornará a Anbar para ver a su novia, con la que piensa casarse. “Después volveré a Shaqlawa”, asegura mientras chapurrea inglés. La vida en Anbar y Nínive se apaga, pocos desean regresar, ya sea por Maliki o por el Estado Islámico. “Antes la gente podía pasear por la calle, ir a la escuela. Ahora no hay nada”, asegura en un perfecto inglés el informático, quien no quiere desvelar su identidad. “Maliki es el problema, no las tribus”. Los desplazados responsabilizan de la crisis al primer ministro, al que acusan de ejercer políticas sectarias y represivas contra la comunidad suní. La detención del líder suní Ahmed al-Alwani fue la mecha que encendió la crisis el pasado mes de diciembre. “No creo que se solucione pronto”, afirma el informático, para quien la situación recuerda a lo ocurrido en Siria. “Anbar es el primer paso”, apunta. El segundo ha sido Nínive con la caída de la segunda ciudad del país, Mosul, a manos de los radicales del Estado Islámico. Mientras, decenas de familias huyen de los conflictos étnico-religiosos y añaden su nombre al millón de desplazados que antes de esta crisis ya tuvieron que buscar un nuevo hogar en Irak.

Reportaje elaborado junto a Miguel Fernández Ibañez y publicado en la revista Frontera D