El ocaso de la minorías, el último recuerdo iraquí de la gran Mesopotamia

¡Si un estudiante yazidí es visto por aquí está muerto!”. La amenaza, colgada en las paredes de la universidad de Mosul, anunciaba hace ya algunos meses que Irak se había convertido en un lugar hostil para las minorías étnico-religiosas que desde hace siglos habitan los territorios de la antigua Mesopotamia. Atrapados en la batalla fratricida que suníes, chiíes y kurdos mantienen por controlar el país tras la caída de Sadam Husein, la decena de comunidades que componen el crisol cultural iraquí llevan años huyendo del país. Los que se resisten a abandonar las tierras de sus antepasados están condenados a una vida de miseria y miedo. Yazidíes, asirios, mandeos, kakais, judíos, bahais y shabaks son hoy las primeras víctimas del nuevo Irak.

Desde el valle de Sinjar, en la frontera con Siria, una cordillera montañosa se extiende hasta la ciudad de Dohuk. Un tortuoso recorrido de apenas 200 kilómetros separa el califato declarado por el Estado Islámico de la Región Autónoma del Kurdistán. Unos 200 kilómetros al sur, en los alrededores de Tikrit, las tropas del Ejército iraquí luchan por recuperar la ciudad natal de Sadam Husein junto al resto de milicias chiíes. Atrapados en este triángulo bélico, las minorías étnico-religiosas del Irak luchan por sobrevivir. “Nosotros llevamos la carga de la violencia sectaria”, asegura Mahmood Abed Alrazzaq Alasaad, líder religioso de la comunidad mandea en la ciudad petrolífera de Kirkuk.

A orillas del Tigris, el noroeste iraquí es hoy una gran cárcel a cielo abierto en la que turcomanos, yazidíes, cristianos, asirios y mandeos han quedado atrapados. La conquista por parte del Estado Islámico de buena parte de las provincias de Anbar y Nínive, incluida la ciudad de Mosul, la segunda más poblada del país, forzó el pasado mes de junio a miles de familias a un nuevo éxodo. Uno más en la larga lista de un país acostumbrado a tres décadas de conflictos bélicos. En esta ocasión pocos han sido los que han podido abandonar Irak. Ante la avalancha de refugiados que buscaban acomodo en la región kurda, la más segura del país, el Gobierno kurdo decretó un cierre fronterizo que dejó acorralados a miles de civiles. La minoría turcomana, el tercer grupo étnico más numeroso en Irak tras árabes y kurdos, fue una de las más afectadas. Tras la caída del enclave turcomano de Tal Afar a manos del IS en los últimos días de junio, familias enteras de esta minoría buscaron primero refugio en Sinjar hasta que éste se convirtió en objetivo de los radicales islamistas. Cuando quisieron cruzar la frontera kurda era ya demasiado tarde. La minoría turcomana chií –que representan el 40% de esta comunidad, mientras que el 60% es de confesión suní– está ahora a merced de la implacable represión que el IS somete a los que tacha de infieles.

Los valles del norte de Irak han sido históricamente el territorio habitado por turcomanos. Allí llegaron en el siglo IX, durante el primer periodo de los selyúcidas, procedentes de las estepas de Asia central. También se asentaron en la decadente dinastía abasí, que empezó a reclutar a los esclavos turcomanos, famosos por su destreza en la lucha, para sus tropas. Los gilman, como eran conocidos estos guerreros turcomanos, evolucionaron en los mamelucos, que ostentaron el poder en Egipto hasta su invasión, ya en el siglo XVI, por el Imperio Otomano que, dirigido por el sultán Selim I, disfrutaba de su época dorada con la expansión por la península arábiga. Ya en el siglo XVIII una nueva oleada de turcomanos fue enviada a esta región por el Imperio Otomano para repeler las incursiones tribales y garantizar la estabilidad de un imperio moribundo. A día de hoy, los turcomanos no controlan ninguno de sus feudos tradicionales a excepción de Tuz Khormato, una de las ciudades más castigadas por la violencia sectaria en la última década. La codiciada región petrolífera de Kirkuk, durante años fuertemente disputada por árabes, kurdos y turcomanos, está ahora bajo el mandato de los Peshmerga kurdos, mientras que Mosul y Tal Afar forman parte del califato liderado por Abu Bakr al-Baghdadi.

La persecución contra la comunidad turcomana, cuya población estimada varía entre las 300 mil personas y los 2 millones que calculan fuentes turcas, se remonta al ascenso de Sadam Husein y del partido Baaz al poder. Desde entonces las minorías no árabes de Irak fueron sometidas a una fuerte campaña de asimilación. Los turcomanos no fueron una excepción. El uso de la lengua turca en las escuelas y los medios de comunicación fue vetado por la Constitución, y en la década de los 80 su uso público fue prohibido por completo. Tras la caída del sátrapa y la creación de la KRG, la minoría turcomana encontró en sus otrora aliados kurdos un nuevo enemigo que ansiaba la soberanía de su territorio. El control de la ciudad de Kirkuk –y de sus recursos petrolíferos– ha sido el caballo de batalla entre ambas comunidades en la última década. La región de Kirkuk es en sí misma la analogía de la división en Irak: árabes suníes, kurdos y turcomanos libran en esta provincia una batalla a escala que reproduce el complejo equilibrio étnico iraquí. El petróleo, estimado en el 5% de las reservas mundiales, convierte la causa en irrenunciable para todos los grupos y acrecienta la tensión. Los turcomanos denuncian la kurdificación de la zona y anhelan la autogestión; los kurdos insisten en recuperar el equilibrio demográfico previo a Sadam Husein e integrar Kirkuk en el Kurdistán; y los árabes quieren continuar bajo la égida del gobierno central. Las tres comunidades conviven en la ciudad sin llegar a mezclarse. Basta con fijarse en el color de las banderas que adornan las calles para saber en qué parte de Kirkuk nos encontramos: verde en los barrios kurdos –dominados por el PUK de Jalal Talabani–; y azul en el centro histórico turcomano. En las barriadas árabes del suroeste los adornos desaparecen y el espacio público es ocupado por una densa polvareda que se levanta al paso de los vehículos.

El desmoronamiento del Ejército iraquí y su incapacidad para controlar el levantamiento del IS proporcionó a los kurdos la oportunidad histórica que anhelaban desde el año 91 para convertir Kirkuk en la capital del nuevo estado kurdo. Las calles de la ciudad siguen repletas de controles y militares pero son ahora los Peshmerga los que administran Kirkuk. Lejos queda ya el deseo del Frente Turcomano Iraquí (ITF), un grupo liderado por Arshad Salihi y fuertemente vinculado al gobierno turco, de descentralizar el gobierno de la región y controlar sus territorios con brigadas tribales como las que aún operan en Tuz Khormato y Bashir, a casi 100 kilómetros de Kirkuk. 

Yazidíes, el alto precio de adorar a Satán

Refugiados en las montañas del valle de Sinjar, la minoría yazidí ha sido históricamente una de las comunidades más perseguidas en Irak por su creencia en Melek Taus, Satanás para cristianos y musulmanes. En agosto de 2007, radicales suníes perpetraron el ataque más devastador en Irak con más de 215 víctimas y 300 heridos y uno de los más importantes de la historia tras el 11-S. Antes de que la atención mediática internacional se centrase en Mosul, los yazidíes ya estaban sufriendo en sus carnes el odio religioso. El 8 de mayo, un mes antes de la intervención del IS en Mosul, cuatro agricultores yazidíes fueron asesinados mientras trabajaban en el campo en la región fronteriza de Rabiaa. En la misma zona, sólo una semana antes, otros dos miembros de esta minoría fueron tiroteados. En varios de los vídeos difundidos por los radicales califican a los yazidíes de “adoradores del diablo”. Su creencia religiosa ha situado a los yazidíes en la lista de condenados a muerte.

Los yazidíes son una doble minoría en Irak: no son árabes y tampoco musulmanes. Sus creencias, que se remontan 2000 años antes de Cristo, combinan elementos zoroastros persas, cultos cristianos, musulmanes y paganos con influencias sufíes. Los yazidíes se consideran distintos del resto de la humanidad: descendientes de Adán, pero no de Eva. Por eso, nadie puede convertirse en yazidí y el matrimonio fuera de la comunidad está prohibido. En 2007, la lapidación de una joven yazidí que pretendía huir con un musulmán puso el foco mediático sobre esta minoría, la cual siempre ha negado la influencia religiosa en aquel acto y ha restringido lo ocurrido al ámbito familiar.

Su credo se basa en la figura de Melek Taus, al que los yazidíes veneran como el primero de los arcángeles. Representado por la figura de un pavo real o una serpiente, Melek Taus es el primer ser creado por Dios, de su propia iluminación, y a diferencia del relato de las principales religiones monoteístas, los yazidíes creen que fue perdonado por Dios cuando no se inclinó ante Adán. Los yazidíes, tal y como explica en su libro Kurdistán: Viaje al país prohibido el periodista español Manuel Martorell, beben del mazdeísmo, una corriente filosófica basada en las enseñanzas del profeta iraní Zaratustra en las que el bien y el mal no se contraponen sino que se complementan.

Los supuestos adoradores de Satanás se encuentran atrapados entre dos comunidades que los rechazan. Por un lado, los radicales musulmanes que ansían su aniquilación por considerarlos herejes, y por otro los kurdos que desean ampliar las fronteras de su región autónoma y consolidar su dominio sobre el territorio que históricamente han ocupado los yazidíes. Las organizaciones de derechos humanos yazidíes han denunciado las “presiones” que sufre la comunidad por la kurdificación del territorio en forma de agresiones, secuestros, más de 55 desde 2003, y violaciones. Estas acusaciones han sido negadas por las autoridades kurdas. A las agresiones físicas se suma el abandono y la falta de inversiones en las ciudades yazidíes, lo que aumenta la desazón entre los más jóvenes. Sólo en Sinjar, donde reside la mayor comunidad yazidí de Irak, se han producido en los últimos tiempos más de 50 suicidios.

La irrupción del IS ha acrecentado la inseguridad en el valle de Sinjar. Los radicales islamistas obligan a los yazidíes a convertirse al islam o huir del país, si previamente no han sido ejecutados por herejes. En los últimos días muchas familias yazidíes han tenido que refugiarse en las montañas de Sinjar después de que el IS se hiciese con el control de la ciudad. La falta de suministros complica extremadamente su situación y varios jóvenes y ancianas han tenido ya que ser enterrados. De momento, Estados Unidos ha bombardeado la zona para evitar el genocidio de los adoradores del diablo y ha organizado el lanzamiento de bienes básicos que ayuden a su supervivencia. “Los yazidíes de Sinjar están hoy en alerta máxima”, dice Mirza Ismail, presidente la Organización Yazidí de Derechos Humanos, quien denuncia el desamparo de las milicias kurdas, que controlan buena parte del territorio yazidí desde 2007, ante los ataques del IS. “La situación de la comunidad yazidí es extremadamente mala”, subraya Ismail. Para muchas familias yazidíes la huída es su única salida. Hoy, apenas 650.000 permanecen en las montañas de rodean el templo sagrado de Lalish.

Libro sagrado de la comunidad mandea en la iglesia de Kirkuk

El plan Nínive, el sueño de asirios, yazidíes y shabaks

La violencia fratricida entre chiíes y suníes ha convertido Irak en un escenario inhóspito para las otras confesiones religiosas. El área multiétnica de Mosul es hoy una de las más castigadas de Irak. Los ataques contra las minorías yazidí, asiria, shabak y mandea se suceden sin que el gobierno liderado por Maliki consiga controlar la zona. El pasado día 23 mayo un ataque terrorista causó la muerte de 7 miembros de la comunidad shabak. Este grupo, cuyo credo es una mezcla de creencias chiíes y cultos locales, es objetivo habitual de los radicales. Durante siglos, los shabaks, quienes utilizan su propia lengua, han habitado los barrios del centro de Mosul, así como buena parte de las tierras del margen izquierdo del Tigris. Alrededor de 250.000 personas, según las cifras de la organización especializada en estudios de minorías Masarat, conforman en la actualidad la comunidad shabak repartida por más de 50 aldeas en las planicies de la provincia de Nínive.

Esta histórica región de Oriente Medio ha sido desde los tiempos de la antigua Mesopotamia el eje de la diversidad cultural iraquí. Yazidíes, shabkas, kakais y asirios han sobrevivido a los dictados que alternativamente han impuesto suníes, chiíes y kurdos. Nunca antes habían afrontado una persecución como la actual. La mayoría asiria que pobló Mosul desde su fundación en las faldas de Nínive, antigua capital del imperio asirio, ha desaparecido. Los asirios, que durante el régimen de Sadam Husein llegaron a alcanzar el millón y medio de ciudadanos, llevan años huyendo de la violencia sectaria. Desde 2003, un tercio de su población había abandonado Mosul ante las continuas oleadas de asesinatos. Los que todavía permanecían en la ciudad el pasado mes de junio, unos 35.000, lograron en su gran mayoría escapar justo antes de que los radicales islamistas tomaran el control y saquearan iglesias como la de San Behnam o la del Espíritu Santo.

En las localidades asirias que rodean Mosul, como Qaraqosh, las milicias cristianas tuvieron que recurrir al apoyo de los kurdos para frenar la amenaza islamista, aunque no han podido evitar que la semana pasada la mayor ciudad cristiana de Irak cayese bajo el yugo del IS. Sólo los kurdos, que controlan la región septentrional del país, han sido capaces de frenar a los radicales islamistas y proteger a su población. Para ello, los Peshmerga, el ejército kurdo, patrullan las regiones fronterizas e imponen un riguroso control a los accesos a las principales ciudades kurdas como Erbil o Kirkuk. Ante el colapso del ejército iraquí, los kurdos dominan de facto buena parte de los territorios en disputa. En su expansión se han hecho con el control de al menos 12 pueblos de mayoría asiria. “El IS no ha ocupado las áreas asirias, pero los kurdos lo han hecho. Los pueblos asirios estaban protegidos por el Ejército iraquí y fuerzas kurdas pero cuando Mosul cayó las unidades iraquíes se marcharon, dejando sólo a los kurdos. Estos utilizaron esta situación e izaron la bandera kurda en todas las localidades asirias en las que se encontraban”, relataba Peter BetBasoo, representante de la comunidad asiria, antes de la caída de Qaraqosh.

El devenir geopolítico iraquí ha sepultado el plan Nínive que asirios, yazidíes y shabaks trataban de impulsar para crear una autoridad independiente en la provincia, similar a la que rigen los kurdos en el norte. “Los asirios no tendremos otra opción que unirnos a los kurdos si estos proclaman su independencia porque la zona de Nínive está ahora en manos del IS”, afirma BetBasoo.

Además de asirios, otras confesiones cristianas están sufriendo las consecuencias de la violencia religiosa en Irak. Caldeos, coptos, siriacos o sabbathianos están también en el punto de mira de los radicales. Desde la imposición del califato, los cristianos que todavía permanecen en la zona deben pagar la jizya –impuesto islámico para los no musulmanes– o abandonar sus propiedades. Muchas de las viviendas cristianas han sido saqueadas y señaladas con la letra de “nazareno”. El patrimonio cultural cristiano, como la iglesia de Nabi Yunis, donde se venera al profeta Jonás, ha sido también destruido.

Sin bautizos en el Tigris

En el centro y el sur del país, en la zona controlada por los chiíes, los conocidos comocristianos de San Juan Bautista han emprendido el camino de la diáspora. Hoy, apenas 10.000 miembros de la comunidad mandea permanecen a orillas del Tigris. El 85% de esta minoría primigenia de la antigua Mesopotamia ha abandonado el país rumbo a Europa y Estados Unidos. “Los que no son reales musulmanes nos obligan a emigrar”, sentencia Mahmood Abed Alrazzaq Alasaad desde su iglesia en el centro de Kirkuk. Aunque originalmente poblaron las regiones del sur de Irak, en la provincia de Basora, fronteriza con Irán, parte de la minoría mandea se desplazó a Bagdad a principios del siglo XX. Allí establecieron una importante comunidad desde la que buscaron refugio en las regiones norteñas a medida que la inestabilidad política afectaba a la capital del país. Desde 2003, la violencia sectaria de la que también han sido víctimas preferentes les ha llevado a huir del país.

Aunque la Constitución iraquí reconoce el derecho de las minorías cristiana, yazidí y mandea a practicar su religión públicamente, los bautismos en el Tigris han desaparecido casi por completo. “Muchos jóvenes mandeos son asesinados. La Organización Mandea de Derechos Humanos tiene registrados al menos los nombres de 185 jóvenes que han sido asesinados. Muchas mujeres ha sido violadas y muchas jóvenes son obligadas a casarse con hombres musulmanes”, dice la doctora Layla Alroomi, portavoz de la Unión de Organizaciones Mandeas. Esta pequeña minoría se ha convertido en un blanco fácil para las milicias suníes y chiíes. “Muchas familias mandeas de distintas zonas de Irak han recibido amenazas de muerte para que dejen sus casas y sus negocios”, insiste Alroomi. “Nos mandan cartas y SMS con amenazas, nos dicen que no creemos en Dios, que no somos musulmanes”, corrobora Mahmood Abed. El miedo ha empujado a muchos mandeos a buscar asilo en los países vecinos, incluso en la propia Siria. Los que todavía permanecen en el país sufren discriminación laboral y educativa. “Los mandeos en Irak e Irán están todavía marginados y no son tratados en igualdad en muchos trabajos”, añade Alroomi.

Apenas un centenar de familias asiste todavía a las eucaristías semanales de Mahmood Abed en su iglesia de Kirkuk, permanentemente custodiada por dos militares kurdos. Ya anciano, Mahmood Abed se muestra comprensivo con los que deciden marcharse. “No existe seguridad, y la seguridad es básica en cualquier sociedad. Tenemos miedo por nosotros y por el futuro de nuestros hijos. ¿Cómo van a vivir así? Por eso queremos irnos de este país a pesar de ser los más antiguos”. Él, pese a todas las dificultades, ha decidido quedarse. Ataviado con el hábito tradicional mandeo, de un blanco reluciente como símbolo de la paz, Mahmood Abed confía en que un tiempo mejor sobrevenga para ofrecer un futuro a las nuevas generaciones mandeas. Este futuro, asegura, pasa por recuperar la convivencia que en un tiempo existió. “Nosotros somos cercanos a los cristianos y tenemos buenas relaciones con otras minorías. Incluso con los chiíes mantenemos una antigua relación y nos respetamos”, asegura.

Para Mahmood Abed la paz sólo se logrará a través del diálogo y la unidad. La creación de una región independiente para las minorías en Nínive sólo traería “más violencia”, augura. Mientras el nuevo Irak se define, la pila bautismal de la iglesia mandea de Kirkuk, orientada al norte como todo elemento de una religión que ubica el paraíso en este punto cardinal, permanece vacía. Apenas hay niños a los que bautizar pese a que los mandeos, al igual que los yazidíes, consideran esencial mantener una alta tasa de procreación –siempre con miembros del mismo grupo– para garantizar su supervivencia.  

Taqiya, el arma kakai para sobrevivir

Al norte de Bagdad, los kakais, una comunidad de credo preislámico, ocultan sus creencias para  sobrevivir. La taqiya, un concepto chií, permite a los miembros de la comunidad disimular su credo para preservar su vida o la de sus familias. El secretismo que tradicionalmente ha acompañado a los kakais dificulta el conocimiento profundo de esta religión. De hecho, se desconoce la cifra exacta de miembros de la comunidad. Un informe de The Minority Rights Group International lo situaba en 2011 en 200.000 personas. Sí se sabe que el credo kakai se originó en el entorno de lo que hoy es la frontera entre Irak e Irán y que en su evolución ha ido incorporando prácticas y creencias heredadas de la tradición chií y cristiana. A menudo escondidos, los kakais residen todavía hoy en la ciudad de Kirkuk y en las tierras que se extienden hasta el río Zab, afluente del Tigris, en Irán.

El último de los credos en incorporarse a la miscelánea cultura iraquí ha sido el de los bahais. Creada hace sólo un siglo y medio, la fe bahai aúna elementos de las distintas religiones, tradiciones y etnias. Durante 30 años, la minoría bahai no fue reconocida y se les negaba la documentación de ciudadano iraquí, lo que dificultaba su salida del país. Pese a que todavía siguen sufriendo exclusión social, su situación “ha mejorado ligeramente después de Sadam”, reconoce Sarmad Moqbil, un líder de esta comunidad. Tras la caída del dictador, buena parte de la comunidad se trasladó a los alrededores de Suleimaniya, en la KRG, “donde nuestra situación es mejor”, refrenda Moqbil.

Más allá de la violencia física, otros grupos étnicos sufren también los efectos de ser diferente. La comunidad negra de Basora o los inmigrantes bengalíes que se ocupan de las labores de limpieza en el Kurdistán son también discriminados en un país en el que la etnia y la religión lo significan todo. Irak representa como pocos países la historia de las religiones. La diversidad cultural que durante el califato omeya le granjeó un tiempo de prosperidad se ha convertido en la actualidad en su principal enemigo. La pugna bélica que los grupos mayoritarios mantienen por consolidar su dominio sobre el vasto territorio iraquí, rico en recursos naturales, arrastra tras de sí la coexistencia pacífica que alimentó el progreso del país. El éxodo de los judíos, quienes durante más de 2.500 años ocuparon un puesto relevante en el engranaje comunal del país, fue tras la segunda guerra mundial la primera emigración masiva registrada en el Irak moderno. Hoy turcomanos, yazidíes, asirios, shabaks, mandeos y kakais están de nuevo siendo obligados a huir llevándose tras de sí el recuerdo de la gran Mesopotamia.

Reportaje elaborado junto a Miguel Fernández Ibañez y publicado en la revista Frontera D