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La Constitución del sectarismo

Cuando en el año 2005 los iraquíes votaron la primera Constitución tras la caída de Sadam Husein no imaginaron que este texto crearía más problemas de los que podía solucionar. Ideada bajo la administración estadounidense, supervisada por expertos que vivían fuera del país durante el régimen y redactada en pocos meses y con la ambigüedad como norma es hoy uno de los principales problemas para el futuro iraquí. Así define la Carta Magna de Irak el estudio La Constitución Iraquí: fallos estructurales e implicaciones políticas, escrito por el profesor Saad Jawad. Tampoco el partido chií de Maliki ni la minoría suní están satisfechos con un texto constitucional que otorga a los kurdos un poder regional superior al central e incrementa el sectarismo.

Este estudio, elaborado antes de la ofensiva del Estado Islámico, explica muchos de los problemas surgidos entre kurdos y Maliki. El ostracismo al que han sido relegados los suníes durante la última década no se puede achacar a esta Carta Magna más allá del rechazo que los principales negociadores suníes siempre mostraron ante este texto. Jawad, experto en ciencias políticas enrolado en la London School of Economics, explica que “la ocupación estadounidense no consideró a Irak como un estado unificado y la intención fue crear un débil Irak”. El doctor y experto constitucional Abdulhakeem Khasro Jawzal asegura que los grandes beneficiarios de este proceso fueron los kurdos y, en aspectos religiosos, los chiíes. Este profesor de Universidad de Salahadin, en Erbil, habla de “nosotros, los kurdos”, cuando se refiere a la Constitución. Son necesarias varias preguntas para que reconozca en esta Carta Magna un beneficio absoluto para los kurdos. Toma aire con fuerza antes de aseverar: “Sí. Es para nuestro beneficio. Pero hay algunos artículos por los que el primer ministro puede hacer cualquier cosa porque tiene mucha autoridad como primer ministro”.

Su afirmación deja entrever el otro gran problema del texto constitucional: una ambigüedad donde ambas partes encuentran argumentos para sus puntos de vista. Más de 60 artículos estaban pensados para su posterior desarrollo, lo que no ha sido posible en la mayoría de los casos por las tensiones sectarias que paralizan el Parlamento. Jawad, quien ejerció durante 30 años como profesor en la Universidad de Bagdad hasta su exilio voluntario tras la ola de atentados contra académicos que sacudió Irak durante la guerra civil, cree que la Constitución debe modificarse. Abdulhakeem asegura hasta en dos ocasiones que “esta Constitución es suficiente para Irak”, aunque desliza la posibilidad de que nuevas regiones puedan surgir en Irak a imagen y semejanza del Gobierno Regional del Kurdistán (KRG), lo que recortaría aún más el poder central al que la Constitución sólo otorga competencias absolutas en las parcelas presupuestarias, de defensa y asuntos exteriores.

Siguiendo las palabras de Abdulhakeem, puede que el país llegue a fragmentarse todavía más en el futuro. Los chiíes de la rica provincia petrolífera de Basora reclaman ya una región con las mismas garantías que la KRG. Tampoco los suníes ven otra posibilidad para evitar el acoso de las dispositivas de gobiernos sectarios como el de Maliki. Si el Gobierno consiguiera repeler al Estado Islámico en el noroeste las demandas de un mayor control que desde años rondan por el Parlamento estarán más cerca de concretarse para poder paliar la amenaza terrorista. Los kurdos verían con buenos ojos que otras regiones obtuviesen los derechos de los que ellos gozan tras la invasión (o liberación, en la terminología utilizada por este grupo) norteamericana. Si estos derechos tocasen la estructura constitucional, o fuesen en contra de los derechos kurdos, el gobierno de Barzani rechazaría cualquier modificación amparándose en su derecho de veto. La imposibilidad de llegar a un acuerdo parlamentario para cambiar la estructura constitucional, algo que tanto Maliki como el líder opositor Allawi ven con buenos ojos, podría llevar a una posible descentralización del poder, una a opción en la agenda mediática desde 2013.

La palabra secta sustituyó al concepto de unión

La Constitución iraquí de 2005 tiene muchas peculiaridades si atendemos a cualquier proceso constitutivo. La rapidez en su redacción, la ausencia del concepto de unión (claramente recogido en el preámbulo de la Carta Magna de, por ejemplo, Estados Unidos), la repetición insistente de la palabra secta o la supervisión a cargo de miembros que no conocían de cerca la realidad iraquí al vivir exiliados son algunas de las claves que anticipaban el fracaso sectario del actual Irak. La intencionalidad con la que fue concebida es una cuestión compleja de interpretar aunque expertos en materia constitucional han cargado con dureza ante lo que consideran una trampa para la sociedad iraquí. La cuota étnica de las distintas minorías y la representación de las mujeres en el Parlamento son algunos de los aspectos positivos, aunque su aplicación práctica, en el caso de las mujeres, permanece en entredicho.

En aquellos días, los estadounidenses aseguraron que el acuerdo suponía la victoria del consenso. Poco dijeron acerca del abandono suní de la mesa negociadora al sentir sus demandas olvidadas. Los suníes rechazaron el referéndum en las provincias de Anbar y Salahadín. En Nínive, donde el componente suní es importante, las presuntas irregularidades llevan a Jawad a afirmar que los votos fueron manipulados para que la Constitución pudiese ser aprobada. “Los kurdos se centraron en los derechos de los kurdos; territorios en disputa, petróleo y gas, y nuestra autoridad en la KRG, que fue lo más importante. Los suníes no hablaron de esta Constitución porque desde el principio ellos estuvieron en contra del federalismo y el sectarismo. En aquel momento, 2005, ellos no participaron, incluso en el referéndum”, recuerda Abdulhakeem.

Desde entonces, la KRG ha convertido el texto en su arma para eludir el poder central de Bagdad, principalmente en temas energéticos. Esta cuestión ha elevado la tensión entre ambas partes, especialmente desde los acuerdos entre la KRG y Turquía. En respuesta, Maliki negó el presupuesto completo destinado al KRG y amenazó con vetar a las compañías que operen en el Kurdistán sin el permiso de Bagdad. Ambos gobiernos apelan a la Constitución para defender su postura y ambos tienen argumentos que esgrimir: “Maliki habla de un artículo que dice que todo el petróleo y gas es para todo el pueblo iraquí. Dice que como Gobierno central nosotros somos los que representamos a todo el pueblo iraquí y debemos controlar el petróleo y el gas. Pero no es exactamente correcto porque la Constitución respeta la autoridad, leyes y contratos establecidos por la KRG antes de 2003. Además el Gobierno central sólo tiene la autoridad en asuntos exteriores, finanzas y defensa”, subraya Abdulhakeem.

Mientras ambos ejecutivos mantienen su disputa, las reformas constitucionales permanecen olvidadas en los cajones ante la inestabilidad imperante. Los kurdos no cederán ninguno de sus derechos e incluso han abierto la puerta, en palabras del presidente de la KRG, Masud Barzani, a la creación de un estado kurdo, una posibilidad contraria a la Constitución. En el medio se encuentran los denominados territorios en litigio, que afectarían a cuatro regiones, con un importante valor económico por sus recursos energéticos que decantarían la balanza hacia la KRG como importante productor mundial. Los kurdos ya se han hecho con el control de gran parte de la provincia de Kirkuk (conocida bajo el baathismo com al-Tamin) y, en función de los avances del Estado Islámico, podrían incorporar a su administración otras zonas en disputa dentro de la región de Nínive.

El avance de la sharia

La crisis desatada primero en Anbar y extendida a la franja suní, desde Tikrit a Mosul, la corrupción, inseguridad y el contagio de la guerra en Siria han situado a Irak entre los países más peligrosos del mundo. Esto hace que la sociedad busque una salida en los núcleos locales de poder ante el colapso central. Una situación que en ciertos aspectos recuerda a lo que ocurre en Afganistán, donde en algunas regiones la ley religiosa es más valiosa para el pueblo.

El respeto constitucional en Irak empezó a quebrarse desde que la comunidad internacional impuso a principios de los 90 unas sanciones contra el pueblo iraquí que llevó al país al borde del colapso. Husein se vio obligado a ceder poder a los líderes tribales, que aprovecharon la oportunidad para imponer su ley a través de cortes islámicas. Con la llegada de Maliki la situación empeoró. Las deficiencias del sistema judicial están llevando a la sociedad, principalmente en la zonas rurales, a una administración paralela ejercida por las autoridades religiosas. Se han llegado a declarar fatwas que castigan a los votantes de partidos seculares. El temor de las organizaciones de derechos humanos es que este tipo de ley islámica (sharia) pueda imponerse por completo en el caos en el que ha caído Irak, donde en 2013 se registró el mayor número de víctimas desde la guerra civil posterior a la invasión y en 2014 se evidenció el resurgir de las células terroristas más radicales, representadas por el Estado Islámico tras su escisión de al-Qaeda.

El hoy mediático proyecto de ley Jaafari, que reduciría los derechos de las mujeres chiíes, significaría la aceptación estatal de una actividad común en el sur, mayoritariamente chií. Lejos quedan los años de la progresista Ley del Estatuto Personal (1959), que permitió a los iraquíes un trato similar ante la justicia, con independencia de la inclinación religiosa. La altas tasas de alfabetización y de derechos para las mujeres convirtieron el Irak de Sadam Husein en uno de los países más desarrollados de Oriente Medio. Tras la intervención de 2003, el Irak dirigido con mano de hierro pero seguro ha desaparecido. Hoy la división es evidente en cada rincón del país y el riesgo de seguir el fracasado modelo étnico de reparto de poder del Líbano se hace cada vez más palpable. Los artículos estipulados en la Constitución, la complejidad étnica y la ausencia de políticos moderados sitúan a Irak como a un país fracasado, lejos de la mejor democracia de Oriente Medio que George W. Bush auguró y más cerca de desgajarse en varios estados o, en el mejor de los casos, en un país cuyo poder central apenas influirá en el devenir de los iraquíes.

Reportaje elaborado junto a Miguel Fernández Ibañez y publicado en la revista Frontera D