Irak, bajo el eco de una nueva guerra civil

Son muchos los que hoy recuerdan en Irak las palabras del entonces presidente estadounidense George W. Bush en las que auguraba que el país se transformaría en la mejor democracia de Oriente Medio. Una década después de la intervención para derrocar a Sadam Husein el propósito norteamericano no sólo ha fracasado sino que ha convertido Irak en un estado fallido que pone en riesgo el frágil equilibrio de Oriente Medio. El colapso, evidente tras la proclamación por parte del Estado Islámico (IS, por sus siglas en inglés) de un califato en el tercio noroeste del país, viene incitado por las políticas sectarias de las dos legislaturas del chií Nuri al-Maliki y los débiles cimientos de un Estado que podría terminar dividido en tres: el norte con la creación del anhelado Kurdistán, el sur bajo el dominio del gobierno central y el noroeste regido por el Estado Islámico.

Lejos queda el tiempo en el que bajo el tiránico baathismo de Husein Irak llegó a ser el país con mejores índices de desarrollo en Oriente Medio y referencia en derechos de la mujer y libertades de culto. A pesar de haber alcanzado los niveles de exportación de crudo anteriores a las guerras del Golfo, el actual Irak es un país sin un poder central capaz de imponer la Ley y mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos. Numerosas organizaciones no gubernamentales han denunciado la constante violación de los derechos humanos por parte del Ejecutivo, especialmente entre la comunidad suní. Desde que arrancó la segunda legislatura de Maliki las voces discordantes han proliferado desde todos los flancos: asociaciones civiles, suníes, kurdos y los propios chiíes. Cada grupo ha criticado el sectarismo político y responsabilizan a Maliki de la actual situación. A pesar de ello obtuvo la mayoría de votos en las elecciones celebradas el pasado mes de abril y su partido, con importantes deserciones en las últimas semanas, está buscando posibles alianzas para su tercer mandato pese al ambiente bélico que envuelve el país.  

Los acontecimientos de la última semana han redecorado el mapa iraquí. Maliki ha perdido sus apoyos para su deseado nuevo mandato. El nuevo presidente iraquí, el kurdo Fuad Masum, ha propuesto al actual vicepresidente parlamentario, Haider al-Abadi, la formación de un gobierno de unidad que incluya el componente étnico iraquí y evite el tercer mandato de Maliki. Irán, el que fuera principal aliado del ahora exprimer ministro, ha felicitado al-Abadi por su nominación y se une a la idea más extendida para la estabilidad: un Irak sin Maliki. Tras ser depuesto, la respuesta del exprimer ministro no se hizo esperar y, tras tildar la medida de anticonstitucional, sus colaboradores al frente de la Fuerzas Especiales se desplegaron en puntos claves de la capital. Una imagen alarmante que hacía presagiar un nuevo foco de división hasta que Maliki, a través de un comunicado, pidió a las fuerzas armadas mantenerse al margen para solventar esta cuestión con el pueblo y la Justicia. 

Si tras las comicios era evidente que formar un gobierno sería complicado –el anterior tardó más de ocho meses en constituirse–, los sucesos acaecidos en junio complican más la ansiada estabilidad política y recuerdan a los hechos que desembocaron en la guerra civil iniciada en 2006. En una operación relámpago, el IS se hizo con el control parcial de las provincias de Nínive, Kirkuk, Salahadin y Diyala. Los radicales se han situado a menos de 100 kilómetros de Bagdad y, a pesar del esfuerzo del Ejecutivo central, Tikrit, ciudad natal de Husein, sigue bajo la bandera negra del IS. La reacción de la minoría chií no se hizo esperar: los principales líderes religiosos, el gran ayatolá Ali al-Sistani, y Muqtar al-Sader, cuya milicia, conocida como el Ejército de Mahdi,fue actor principal en la guerra civil que se libró entre 2006 y 2008, anunciaron la creación de milicias para combatir al IS, aunque insistieron en que Maliki debía abandonar el poder por la mala gestión del país. Los kurdos, cuyas fuerzas militares no intervinieron ante el avance del IS por los problemas con Maliki, aprovecharon para imponer su dominio –o evitar que cayera en manos del IS, como alegan– sobre parte de los territorios en disputa y hacerse con el control de su histórica capital, Kirkuk.

Hace tiempo que los débiles cimientos de Irak anuncian la segunda guerra sectaria en menos de una década. En 2014, los datos de muertes recogidos por Iraq Body Count indican que en los siete meses de este año han muerto por causa no natural las mismas personas que en 2013. Si la progresión sigue estable estaremos ante el tercer año más sangriento tras la intervención de Estados Unidos y en cifras parejas a las de la guerra civil, y sectaria, vivida entre 2006 y 2008. La mecha del actual polvorín iraquí se encendió en Anbar a finales de diciembre. La brutal detención del líder suní Ahmed al-Alwani, en la que fallecieron tres de sus guardaespaldas y dos de sus hermanos, provocó protestas en toda la región de Anbar, principalmente en las ciudades de Ramadi y Faluya. Tras este episodio, el Estado Islámico aprovechó la coyuntura para controlar la región. Desde entonces su interpretación radical del Corán ha cobrado relevancia en todo el oeste del país, de norte a sur, y la población, privada de sus libertades, se ha visto obligada a elegir entre Maliki y el IS. Los avances al-Baghdadi, esta vez hacia la KRG, han provocado que Estados Unidos intervenga por primera vez en el conflicto iraquí desde su salida en 2011. De momento, han bombardeando al IS para proteger las zonas de interés (ciudadanos e instalaciones) de la administración Obama, entregado armas a la KRG y maniobrado en Bagdad para que Maliki salga del gobierno.

Desde un primer momento Maliki ha querido mostrar lo que ocurre en Irak como un asunto ligado al terrorismo, cuando la realidad esconde una situación mucho más compleja: exclusión, represión –como sucedió en la pacífica manifestación de Hawija y durante la primavera iraquí– y falta de oportunidades para la comunidad suní. La mecha de la guerra es corta y parece arder con rapidez desde que Mosul, la segunda ciudad del país, cayese en manos del IS. Ante este avance del autoproclamado califa Abu Bakr al-Baghdadi cada grupo parece decidido a salvar su parcela de poder en un Irak descompuesto y que actúa como satélite de los intereses iraníes. 

¿Qué pretende cada grupo?

Los chiíes representan cerca del 60% de la población. Son seguidores del profeta Alí y fueron reprimidos durante el régimen suní de Sadam Husein. Tras la caída del líder del Baaz y del gobierno de transición asumieron el control del país bajo el influjo iraní en la persona de Maliki. Principalmente habitan en el sur del país y tienen sus centros de poder en las ciudades santas de Kerbala y Najaf. Las tres fuerzas más votadas en las pasadas elecciones parlamentarias fueron encabezadas por chiíes. La primera, Dawa, de Maliki, obtuvo 94 escaños. Los clérigos Mqtada al-Sader y Ammar al-Hakim dirigen la segunda (33 escaños) y tercera fuerza (29 escaños), respectivamente. Ambos portan el turbante negro de los descendientes de Mahoma, fueron aliados de Maliki y ahora se oponen a su tercera legislatura al frente de Irak.

Las regiones chiíes han vivido una etapa de relativa calma dentro del caos iraquí. Apenas se han registrado atentados en sus regiones –sí en sus barriadas de Bagdad– y sólo los últimos avances del IS han provocado una reacción armada. Tras la caída de Mosul, el gran Ayatolá Ali al-Sistani pidió a sus seguidores que retomasen las armas para luchar contra el infiel, el IS. En los últimos años, al-Sistani ha cobrado protagonismo por su moderación y es una de las figuras más respetadas de Irak por, entre otras acciones, rechazar el proyecto de ley Jaafari, que permitiría a los chiíes impartir justicia basándose en la religión.

A los pocos días de la llamada de al-Sistani, las milicias chiíes se reactivaron, entre ellas el Ejército de Mahdi del clérigo Muqtada al-Sader, célebre por su feroz oposición a la intervención americana. Las milicias de Sader, heredero de una importante familia religiosa –su padre fue ejecutado por Husein–, exhibieron su fuerza en Bagdad en una escena que recordó a la cruel reacción de los chiíes tras el ataque contra la mezquita al-Askari en 2006. La arremetida de al-Qaeda a esta construcción sagrada para el chiísmo provocó entonces una oleada de represión étnica en la que suníes ajenos a organizaciones radicales fueron agredidos en una espiral bélica que desembocó en la guerra civil. La situación ha vuelto a reproducirse casi una década después y a finales de julio de 2014 al menos 15 suníes sin relación aparente con el IS fueron ahorcados en Baquba por milicianos chiíes sin que las autoridades interviniesen, según informaciones de la agencia Reuters.

Los suníes han sido los grandes perjudicados desde la intervención de Estados Unidos. Aupados al poder por Husein, hoy son reprimidos. Diferentes organizaciones de derechos humanos han denunciado detenciones sin pruebas, torturas y presión a las familias. Desde la caída del sátrapa, las diferentes administraciones iraquíes no han sabido integrar a la comunidad suní –el 20% de la población–, desplazándola incluso del Ejército, uno de los estratos en donde históricamente han estado fuertemente integrados. Así, los líderes tribales que ayudaron a eliminar la amenaza terrorista durante la guerra civil han vuelto la espalda a Maliki en el actual conflicto con el IS al ver que sus conciudadanos no encuentran salida en este laberinto sectario. Los conocidos como Awakening Councils (Consejos del Despertar) contaron con cerca de 50.000 hombres a los que prometieron reintegrar de forma progresiva en la estructura estatal de seguridad. Maliki, temeroso por una posible deriva sectaria en sus fuerzas, no cumplió lo establecido y relegó a esa importante parte de la sociedad al ostracismo.

Restaurar esta relación con los líderes tribales de los Consejos del Despertar parece hoy muy difícil, más aún si Maliki recuperase el control perdido esta semana. La falta de confianza es mutua, mientras la influencia del IS crece en el triángulo suní sin que el Parlamento sepa qué camino tomar. Desde la llegada de Maliki al poder los políticos suníes han sido acosados por una dura ley antiterrorista. El caso más llamativo es el del ex vicepresidente Tarik al-Hashemi, exiliado en Turquía tras varias condenas de muerte por terrorismo. La nueva remesa de líderes suníes ha desbancado al candidato moderado Allawi y su lista al-Iraqiya. En las últimas elecciones, esta lista, que fue la más votada en comicios precedentes, se ha dividido en varios bloques suníes. El ex portavoz parlamentario Osama al-Nujaifi se convirtió en el responsable suní más votado y representante de la indignación en Bagdad.

Los kurdos han vuelto a obtener beneficio en las turbulentas aguas de Irak. Ellos han sido los grandes vencedores tras la caída de Husein y, ante el avance del IS, han conseguido la última pieza para convertirse en un potente estado petrolífero. La región de Kirkuk podría albergar el 5% de las reservas mundiales de crudo y los Peshmerga (ejército kurdo) han defendido las posiciones que consideran tradicionalmente suyas tras la retirada del Ejército iraquí. Así, se han hecho con parte de los territorios en disputa, que, según recoge la Constitución, deberían haber escogido en referéndum entre unirse a la KRG o mantenerse dentro de las cuatro regiones afectadas. Los problemas dentro del Parlamento, unido al complejo retorno de los desplazados por la política de arabización de Husein, han provocado que este referéndum se haya aplazado sine die dejando sin solución el conflicto. La desbandada del ejército iraquí ante el levantamiento radical ha cambiado el panorama. Masud Barzani, el líder kurdo del Partido Democrático del Kurdistán (PDK), ha anunciado que no piensa devolver estos territorios que considera históricamente kurdos. El líder de la minoría kurda aseguró haber avisado a Maliki del avance del IS en Mosul e insistió en que fue el primer ministro quien rechazó la ayuda militar kurda. Las posiciones están tan alejadas que Barzani, al igual que muchos líderes en Irak, ha declarado que el nuevo gobierno iraquí no puede volver a tener a Maliki como líder. Asimismo, en un órdago que pone en jaque la estabilidad territorial del Estado, anunció que la independencia kurda se debatirá en el Parlamento de Erbil, capital de la región autónoma kurda.

No es la primera vez que Barzani habla de independencia, pero sí la primera en la que decide trasladar a su Parlamento esta propuesta. Con anterioridad, en varias ocasiones, se había referido a la creación de un Irak confederado. Un informe del espionaje estadouidense indicó hace más de un año que antes de 2030 existiría un país llamado Kurdistán. Las dificultades que los kurdos encuentran en Turquía, Siria e Irán convierten al proyecto de Barzani en la mayor esperanza para que este pueblo, el mayor del mundo sin estado, consiga por fin su anhelado país tras el fugaz experimento de la República de Mahabad. Líderes internacionales, como el israelí Benjamin Netanyahu, han dado ya la bienvenida al estado kurdo a la espera de que Estados Unidos, hasta ahora contrario a su proclamación –así como a los acuerdos energéticos que el Gobierno kurdo suscribe sin el respaldado del Ejecutivo central–, defina su posición.

Desde hace años los kurdos han desarrollado una política de acercamiento a sus vecinos y alejamiento de Bagdad. El mayor logro ha sido entablar unas excelentes relaciones con Turquía. El propio Erdogan reconoció junto a Barzani y el artista kurdo Sivan Perwer (hoy elemento de propaganda del PDK, estuvo casi 30 años sin poder pisar Turquía) que existe la nación kurda. Turquía es el principal socio comercial de la KRG. Desde que la KRG anunciase que iba a exportar crudo a Turquía sin pasar por la estructura central iraquí las relaciones con el Gobierno central están rotas, mientras ambas partes se acusan de no cumplir la Constitución. La ambigüedad de la Carta Magna iraquí, que concede un poder de decisión mayor a la región que al gobierno central, incluye razones que amparan las posturas de ambos mandatarios. La inestabilidad del marco legal se traduce en conflictos palmarios como el reparto del presupuesto regional, que Bagdad se niega a transferir en su totalidad a la KRG, o los territorios en disputa.

En el intrincado equilibrio de poder entre los distintos grupos kurdos, Barzani debe lidiar con las malas relaciones con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), asentado en las montañas Qandil. Los problemas entre el PKK y el PDK en Siria y en el propio Irak, con redadas a las asociaciones afines al grupo dirigido por Abdullah Öcalan, han incrementado las tensiones. La visión tradicional de Barzani choca con el marxismo ideológico del PKK. Sus opuestos intereses –Barzani ve a Turquía como gran aliado mientras el PKK sufre sus ataques– pueden tener en el IS una línea de entendimiento que mejore los tradicionales problemas. Por el momento, fuerzas del PKK están ayudando a los Peshmerga en la zona yazidí de Sinjar.

Los kurdos son una nación milenaria. Siempre bajo el yugo de otra potencia superior, no han conocido su estado más allá de la efímera República de Mahabad. Su lengua señala la influencia iraní y siempre recordarán a Salahadin, líder ayubí de origen kurdo, como el hombre que pudo constituir un estado kurdo durante el ocaso abasí. Más tarde llegaría la que ellos llaman la traición occidental: el Tratado de Lausana, que invalidó Sevres y negó a los kurdos su tierra tras la desmembración del Imperio Otomano. Desde entonces la palabra represión siempre ha acompañado a los kurdos en los cuatro países en donde habitan: Turquía, Siria, Irak e Irán. La brutal campaña de Anfal organizada por Ali el químico bajo el mandato de Husein y el cambio de rumbo de Estados Unidos que fraguó la caída del sátrapa fue gestando la creación de la actual región autónoma del norte, convertida en una de las zonas más estable de Oriente Medio. Las terribles sanciones de la ONU de los 90 que condenaron a la población iraquí afectaron a la minoría kurda en menor medida. El control kurdo de su región tomó forma hasta que la intervención (a la que los kurdos denominan liberación y los iraquíes invasión) dirigida por Estados Unidos brindó la gran autonomía que convierte esta parte de Irak en un país de facto.

Reportaje elaborado junto a Miguel Fernández Ibañez y publicado en la revista Frontera D