La ablación, un estigma más allá de África

Sara Salam Fatah caminaba junto a su hermana hacia la casa de los gritos. Todas las niñas de Halabja sabían qué sucedía en un cuarto oscuro de esa vivienda. Mientras esperaban en la habitación contigua escuchaban los agudos gemidos de otras niñas, gritos provocados por el respeto a una tradición que aún condiciona a la sociedad musulmana. Allí, una vecina, “la abuela de una amiga”, arrancaba parte de la infancia de decenas de niñas marcando en muchos casos sus vidas. Sara Fatah aún recuerda el día en el que mutilaron sus genitales hace más de 25 años; extirpados por orden materna como era, y aún es, costumbre en buena parte del Kurdistán iraquí. Su hermana huyó de aquella habitación y evitó el trauma que aún recorre su mente a pesar del tiempo transcurrido. “Todas las niñas del barrio eran mutiladas, era una tradición”, recuerda Sara Fatah, hoy con 33 años y una hija a la que nunca ha relatado lo ocurrido ni los estigmas que en ella perduran.

La ablación, una práctica asociada en el imaginario colectivo a los países africanos, es también una realidad en buena parte del mundo musulmán. Falah Muradkhin, coordinador de proyectos de la ONG Wadi, asegura que los datos en Oriente Medio son preocupantes aunque “durante mucho tiempo la gente pensó que era una enfermedad africana”. Wadi lleva trabajando en la Región Autónoma del Kurdistán iraquí desde 1992 para demostrar que más allá de África la ablación es un problema enmarañado en el respeto por la tradición, las carencias educativas y los dictados religiosos. En el resto de Irak, al igual que en buena parte de Oriente Medio, esta dramática realidad parece no existir ante la falta de datos y estadísticas. Pese a todo “es un problema real”, insiste Muradkhin.

El último estudio de UNICEF, elaborado en 27 países de África y tan sólo en Yemen y el Kurdistán iraquí dentro de Oriente Medio, esboza una pequeña mejoría: las nuevas generaciones no son tan proclives a esta práctica. A pesar de ello, la tradición, como sucede en África, y la religión, que para Muradkhin es el principal problema en Irak, impiden que los casos se reduzcan de forma drástica. El problema en las regiones musulmanas radica en las escuelas del pensamiento islámico suní. De las cuatro más importantes, tres aconsejan la ablación. Para la cuarta, la escuela de Shafi, que está especialmente implantada en el Kurdistán y Egipto, es obligatoria. Muradkhin muestra su cara más crítica con la religión en varias ocasiones y asegura que es la principal responsable de la ablación en Irak. Sin embargo es consciente de que sin inmiscuir a los líderes religiosos no será posible el avance: “El islam es el centro de todo. Si la religión lo rechaza todo el mundo lo hará. Por eso nosotros hacemos campañas de concienciación e invitamos a mulás”.

En los últimos años, la KRG ha puesto en marcha nuevas leyes que han ayudado a reducir la práctica de la ablación. En algunas regiones kurdas como Ranya los casos de mujeres entre 14 y 49 años han pasado del 96% al 40%. Antes de esta ley era posible ver a líderes religiosos en la televisión aconsejando la ablación. Hoy “se callan, pero no decir nada es aprobarlo, al igual que sucede con la poligamia y los crímenes de honor”, destaca Muradkhin. En 2011 el Parlamento kurdo aprobó una ley que condena la mutilación genital femenina, con una pena mayor para los casos en los que las afectadas sean menores de edad. Sin embargo, la aplicación de la norma choca con la lentitud judicial, el miedo a denunciar y la justicia religiosa que aún está asentada en zonas de la KRG.

La madre de Sara Fatah no era un persona educada y se dedicaba a las labores del hogar. La influencia de la comunidad marcó su vida y su concepción de lo que era correcto. Al preguntarle por ella, por la persona que condicionó su vida al consumar sobre su cuerpo la tradición, explica que “no es la culpable, no tenía educación. Si hubiese sabido que era malo no lo habría hecho”. Sara Fatah es hoy profesora. Su velo negro contrasta con el suave color de sus labios pintados. Su valor para contar su historia a un extraño choca con su miedo a hablar sobre ello con sus seres cercanos. Sus hermanas evitaron esta práctica al estallar la campaña de Anfal y los problemas de los kurdos con el régimen de Sadam Husein. Entonces, su padre, que trabajaba en un restaurante antes de convertirse en Peshmerga, envió a su familia a Irán, lejos del conflicto. Allí, sin la presión social que condujo a la ablación de Sara Fatah, crecieron sus hermanas. Para cuando volvieron a Irak eran ya demasiado mayores para ser mutiladas y las ancianas encargadas de esta práctica habían fallecido.

En Irak al menos el 8% de la mujeres en edad de concebir han sufrido la ablación, la mayoría entre los 5 y 9 años y casi en su totalidad dentro de la KRG, principalmente en las provincias de Suleymaniya y Erbil, donde más del 50% de las mujeres padecen sus efectos. Las áreas rurales y mujeres con un bajo nivel educativo son más vulnerables a esta práctica que consideran buena para evitar el adulterio. La ablación es realizada en la mayoría de los casos por personas no cualificadas con instrumentos inapropiados con los que extraen parcial o totalmente los genitales. En algunos casos, llegan incluso a extraer el clítoris para evitar el placer sexual y reforzar la idea de pureza. A consecuencia de la ablación muchas mujeres sufren problemas de salud, así como una reducción sensitiva en el acto sexual.

La mutilación genital femenina afecta a más de 140 millones de mujeres y niñas en todo el mundo a pesar de las leyes que la prohíben. En los últimos meses dos casos han encendido el debate sobre esta práctica. En Egipto, donde más del 90% de las mujeres en edad reproductiva tienen sus genitales mutilados, el doctor Raslan Fadl se sentó en el banquillo por practicar una ablación que condujo a la muerte de una niña de 13 años. Fue la primera vez que se presentaron cargos en Egipto a pesar de ser un práctica ilegalizada desde 2008. En el Reino Unido, donde está penada desde 1985, el pasado marzo se produjo el primer juicio por esta práctica que desató una campaña lanzada por una estudiante para mejorar la información sobre esta problemática dentro de los colegios británicos. En Oriente Medio, ONG como Wadi tratan de mostrar a la sociedad las consecuencias físicas y psicológicas de la ablación. Su trabajo, basado en insistentes campañas de concienciación, información y apoyo legal, ha comenzado a dar sus frutos: El 75% de la mujeres iraquíes consideran que la ablación debe detenerse, según el último informe de UNICEF. El mensaje ha calado entre las familias más adineradas y educadas, pero no en los núcleos más pobres del país. Allí la ablación sigue siendo un estigma para miles de mujeres como Sara Fatah.

Reportaje elaborado junto a Miguel Fernández Ibañez y publicado en la revista Frontera D