Roboski, el pueblo que nunca perdonará a Erdogan

Las conversaciones con las madres de Roboski agonizan cuando de pronto sacan un par de zapatos llenos de polvo de una bolsa de basura negra. A continuación un vaquero que parece descolorido por la lejía. Son las prendas de sus hijos, fallecidos, o asesinados como ellas repiten, el día en el que los F-16 turcos bombardearon a 37 civiles kurdos que se disponían a llegar a Turquía con productos de contrabando iraquí. Tras varias horas de conversación la ira que provoca el nombre de Erdogan da paso a las lágrimas. Varias madres no se contienen ante las historias que tantas veces han contado y nunca superarán. Ellas son las madres de Roboski, triste icono de la lucha por la verdad y los errores y no errores que han asolado a la población kurda en Turquía bajo el prisma del terrorismo y la opresión.

El ejecutivo de Recep Tayyip Erdogan calificó lo ocurrido el 28 de diciembre de 2011 como un “error”, pero dos años después la justicia turca sigue sin reconocer la responsabilidad de la matanza. En este periodo un coronel ha sido relegado y 17 soldados encausados por permitir el contrabando. En Roboski la versión oficial escuece en la conciencia. “En este pueblo llevamos décadas comerciando a través de la frontera, los soldados lo saben”, insisten estas mujeres que han enterrado a sus hijos alterando el ciclo natural de la vida.

La carretera de acceso a Uludere, bacheada por las fuertes lluvias primaverales y la falta de inversión en la zona, serpentea entre montañas durante centenares de kilómetros. El trayecto desde Hakkari en minibús, único medio de transporte existente, se demora debido a los continuos controles militares. Unas cajas azules delimitan la frontera entre Turquía e Irak. Superarlas significa violar la legalidad, algo a lo que los habitantes de Roboski (Ortasu, en turco) están acostumbrados. En este pequeño pueblo, enclavado entre las montañas, el contrabando es el sustento de la economía local. Lo lleva siendo desde hace décadas y cada viaje reporta cerca de 100 liras (poco más de 33 euros) a cada integrante. Muchos padres inician a sus hijos adolescentes en las peligrosas caravanas que atraviesan las montañas con mulas cargadas de tabaco, gasolina y otros productos básicos. Así lo hacían el 28 de diciembre de 2011 cuando el gobierno turco bombardeó uno de estos convoyes al confundirlo con un grupo de terroristas del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán). Al menos 34 civiles, 17 de ellos menores de edad, fallecieron aquella noche.

Veli Encü nos espera en la gasolinera de la carretera principal junto a Rojan. Es joven, con el rostro enjuto. Viste pantalón azul, de pinzas, y camisa blanca. El día del ataque perdió a muchos familiares. En un inglés básico nos indica que se debe ir a trabajar al colegio, donde es profesor. Antes nos conduce rápidamente hasta la parte alta del pueblo. Apenas un centenar de viviendas de planta baja y materiales modestos componen la aldea. Hay varias granjas, anexas a las casas, y un colegio. Una veintena de niños juega al fútbol y al baloncesto ante la mirada de dos profesores.

Encü nos apremia. Debe volver al colegio después de dejarnos con las madres de Roboski.

—Pasad, pasad. Os están esperando, dice, casi despidiéndose y encargando nuestro cuidado a Rojan.

Un reloj del BDP, principal partido kurdo en Turquía, un calendario con los colores del Kurdistán  incrustados en unos guantes que forman con los dedos una uve, que en Turquía significa apoyar la causa kurda, y un cuadro con rasgos asiáticos cuelgan en el salón principal de la vivienda. Allí una decena de mujeres se arremolina alrededor de la estufa. Visten ropa tradicional y velo en un espacio diáfano, al estilo kurdo. Las madres de Roboski se sientan ante la cámara agarrando con fuerza el retrato de sus hijos. Un cuadro con los rostros de los 34 fallecidos preside la sala. “Eran sólo unos niños”. Las historias se repiten. Sólo eran unos jóvenes ganando algo de dinero para sus familias. Alguno incluso había servido al Gobierno durante el servicio militar obligatorio. “Mi hijo era un buen estudiante”, dice una de las madres mostrando orgullosa los logros académicos de su vástago. Quería ir a la universidad.

Las bandejas de té de contrabando entran y salen de la habitación mientras otras mujeres se presentan ante el objetivo. Quieren que todo el mundo conozca lo que pasó en Roboski. Han pasado ya dos horas y los testimonios se siguen acumulando. Sólo durante la comida las lágrimas y las muecas de dolor desaparecen de los rostros de estas mujeres. Un espejismo. En silencio escuchan el último testimonio. Una joven explica que su hermano fue uno de los fallecidos. Contiene el llanto con gestos iracundos. Habla, como cada uno de los familiares anteriores, de injusticia, de asesinato premeditado. Sus ojos reflejan rencor. En Roboski nunca perdonarán a Erdogan.

*     *     *

—¿Qué haríais si los muertos fuesen vuestra familia?

Recostados sobre los colchones que cubren el cemento de aquella pequeña habitación, un grupo de jóvenes kurdos sostiene la mirada a la espera de una respuesta.

—¿Un cigarro?, nos ofrece uno de ellos rompiendo el silencio.

Ninguno de ellos reconoce abiertamente formar parte del PKK, organización clasificada como terrorista por Estados Unidos y la Unión Europea, aunque tampoco reniegan de su papel. La lucha armada como defensa de los derechos del pueblo kurdo.

Mientras conversamos uno de los jóvenes saca una caja llena de antiguas cámaras fotográficas. Debe arreglarlas antes de la próxima clase de fotografía que otro de los jóvenes imparte a los más pequeños del pueblo. Dos chicos y dos chicas componen el grupo. Ninguno sobrepasa los 25 años. Visten pantalones vaqueros y camisetas como cualquier otro joven de su edad. Su paso por la universidad les ha acercado a Occidente aunque no ha menoscabado su identidad. Sirnak, la provincia más pobre de Turquía, ofrece pocas oportunidades y sólo la educación abre a los más jóvenes un camino lejos del comercio fronterizo.

El sonido de la puerta metálica de la entrada detiene la conversación. Afuera el sol de media tarde se refleja sobre los techos de lona azul. Un par de chavales juega correteando entre las gallinas. Nuestro grupo avanza deprisa asegurando los pasos en las rocas firmes mientras nos dirigimos al cementerio en donde descansan las 34 víctimas. Desde la parte del alta de la villa se divisa todo el pueblo. También un puesto de control militar cercano al que miran con recelo.

Los días siguientes a la matanza Roboski se convirtió en el epicentro de las protestas. Miles de personas recorrieron los kilómetros que separan el lugar del bombardeo del cementerio e increparon al gobernador de la región. Las tumbas de los 34 fallecidos están cubiertas con flores. Sus nombres pueden leerse en la inscripciones que presiden las lápidas. Hay fotografías. Rostros anónimos que se han convertido en mártires. Las pancartas, en kurdo y turco, claman justicia. Varias de ellas recuerdan lo ocurrido en Halabja (Irak) y en Dersim (hoy Tunceli, en Turquía). Rojan, uno de nuestros acompañantes, recorre las tumbas una a una. “Este era mi mejor amigo. Este su hermano”. A medida que avanza entre las tumbas va detallando la historia de los fallecidos. Los demás le esperan tumbados en la hierba, en silencio, fumando, observando las montañas nevadas de Irak.

*     *     *

Aunque no hay ningún cartel que lo indique, hace horas que dejamos la Turquía reluciente. Aquí no hay cúpulas doradas, ni bazares, ni siquiera grandes mezquitas. En Roboski el kurdo es el único idioma común y el único que conocen estas madres. Nuestras conversaciones, en turco básico, son traducidas durante una cena que se prolonga entre bailes de halay –danza tradicional kurda– y charlas de fútbol. Un diccionario de inglés completa una escena llena de niños y carente de padres, que están en Irak haciendo comercio fronterizo, como aquí llaman al contrabando.

Uno de los jóvenes se dirige a Miguel. Le ofrece una hoja. Está doblada a la mitad.

—Por favor, haced que todo el mundo lo sepa.

Miguel la observa.

—La hemos traducido al turco. Palabra de madre.

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—Podéis quedaros otra noche más. Hay sitio de sobra –dice el único hombre de la casa mientras su hija, de 5 años, corretea junto a sus primas entre los zapatos en la entrada de la vivienda.

—No podemos, mañana tenemos que llegar a Silopi para cruzar la frontera antes del día 15, respondemos.

—De acuerdo. Hay un bus a primera hora. Os dejará en Cizre. De allí podréis coger otro autobús hasta Silopi. Ya nos encargamos de avisar al conductor para que os recoja mañana.

—Yo los acompaño, interrumpe uno de los jóvenes.

Nos despedimos de toda la familia. También de las dos jóvenes que nos acompañaron durante todo el día. Ellas no pueden venir a la habitación. La noche es clara y la luna es la única luz en el camino de vuelta. Avanzamos más despacio de lo que lo hicimos al subir. Rojan nos tiende la mano. La senda es peligrosa.

Antes de llegar al refugio se detiene. Con la mano nos indica que nos acerquemos. Abre la puerta, apenas hay luz. Es un establo. Otro refugio. Enciende el móvil y nos muestra una fotografía. Lleva el rostro tapado por un pañuelo. Porta un fusil.

—¿Eres tú?

Rojan mira a la montaña.

—¿Qué haríais vosotros si los muertos fuesen vuestra familia?

El día de la matanza

Lo que sucedió el 28 de diciembre de 2011 sigue siendo un error para el gabinete del primer ministro Erdogan. No así para los familiares de las víctimas, que consideran el ataque premeditado y por tanto un asesinato. Las diferentes comisiones encargadas del suceso no han esclarecido nada en parte por estar dirigidas por el partido gobernante. Los informes presentados por la prestigiosa Organización de Derechos Humanos (IHD) y la Organización de Derechos Humanos y Solidaridad con las Personas Oprimidas (Mazlumder) siembran aún más dudas sobre la premeditación de un bombardeo que se llevó la vida de 34 personas.

Según los testimonios recogidos por ambas organizaciones, a las 16 horas un grupo de 37 personas cruzó la frontera turco-iraquí. Los soldados no impidieron el paso asumiendo como normal esta actividad destinada al consabido contrabando. Al regreso, tal y como explicó Servet Encü, uno de los supervivientes, los militares retuvieron al grupo: “A la vuelta los soldados nos pararon. Algo que siempre sucedía, pero esta vez no nos dejaron pasar. Nos retuvieron en la frontera y al final lanzaron bombas”.

Entre las 21:30 y las 22:30 F-16 turcos bombardearon la zona al considerar que los contrabandistas pertenecían al PKK. Los habitantes de la zona afirman que los militares cortaron el paso a los servicios médicos, lo que pudo incrementar el número de víctimas mortales. Se retiraron de la zona cuando los aldeanos llegaron allí para sacar los cadáveres, que fueron llevados por sus propios medios y sin ninguna ayuda oficial. Este hecho choca con la petición de auxilio. Los familiares de las víctimas aún esperan las conversaciones que los militares tuvieron y qué tipo de órdenes recibieron. La porosa zona montañosa tiene cobertura y los supervivientes afirman haber llamado a los servicios sanitarios. Por qué no llegaron es una pregunta que arroja dudas sobre la posible violación del derecho internacional por parte de Turquía.

Otro aspecto muy significativo tiene como protagonista al dron Heron. Al parecer este avión no tripulado puede obtener fotografías detalladas que muestren lo que portan los contrabandistas y por tanto si hay algún arma que amenace la integridad de las fuerzas de seguridad turcas. Según las declaraciones del Estado Mayor turco, el Heron tomó una imagen de la zona a las 18:39. ¿Por qué no se hizo otra captura antes de iniciar el bombardeo?

Todas estas dudas y la insistencia de los políticos kurdos y asociaciones de derechos humanos han provocado que el caso esté en la Corte Penal Internacional de La Haya. La primera denuncia fue presentada un mes después de la masacre por el BDP. La segunda, hace un año por la sección holandesa del Comité Internacional contra las Desapariciones (ICAD). Ambos describen el suceso como crímenes contra la humanidad y demandan un juicio contra el presidente de Turquía, Abdullah Gül; el primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, y el responsable de Defensa, Necdet Özel.

Mientras la justicia sigue su curso, lento y opaco, los habitantes de Roboski no permiten que la sociedad turca olvide aquel 28 de diciembre. Durante el segundo aniversario se inauguró un monumento en la provincia de Diyarbakir para conmemorar la matanza. Hubo protestas en varias ciudades del país y se acusó al Gobierno de amenazas y de no querer buscar a los responsables. Tal y como aseguró Ferhat Encü, que perdió 11 familiares, “estamos en juicio por violar la zona de seguridad y podría conllevar siete años de prisión. Es inaceptable”.

Las madres de Roboski aseguran que apoyan el proceso de paz con el PKK. El conflicto ha dejado cerca de 45.000 víctimas en 29 años, pero antes hay que desenmascarar a los culpables de aquel 28 de diciembre. Consideran que el resultado de la comisión encargada de esclarecer el suceso es falso al afirmar que “no fue intencionado”. Amenazan, si la justicia sigue sin funcionar, en llevar el caso al Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, que este año ha condenado a Turquía por las masacres de Kuskonar y Koçagli, adjudicadas por Ankara al PKK.

Carta de una de las madres de Roboski

[Se ha intentado respetar el estilo y puntuación de la carta al máximo].

Yo soy Hazal Encü, la madre de Cemal Encü.

“Mi hijo tenía 17 años, estaba en la último año del colegio [lise, en turco]. Él fue [a Irak] para tener dinero y fue su segunda vez. Nosotros hacemos desde hace siglos comercio en la frontera [contrabando] porque no podemos hacer otra cosa más aquí. No hay industria u otro tipo de trabajo. Sólo se puede proteger el bosque. La mitad [del pueblo] protege el bosque y el resto fueron obligados a hacer este trabajo [contrabando]. No puedes cultivar el suelo o ser ganadero. Hemos estado haciendo este trabajo y los soldados lo sabían. Y un mes antes del incidente éramos libres [para el contrabando] porque ellos iban y venían durante el día. Cuando los soldados cortaban la carretera nos decían no vengáis esta noche porque algo va a suceder. Pero esta noche no sucedió así. Los soldados cortaron todas las carreteras y cuando ellos volvieron lanzaron bombas. Cuando las familias fueron a la zona del incidente los soldados estaban viniendo de allí. Y los soldados dijeron que no fuéramos allí que no hay nada por lo que preocuparse, que sólo habíamos lanzado la bomba para alertar. Pero las familias no escucharon y fueron a la zona. Los soldados querían volver antes que las familias y poner allí pistolas, y así podrían decir que eran del PKK y así tener una razón para el bombardeo. Pero las familias fueron allí y estropearon los planes de los soldados. Hubo 13 heridos y mi hijo fue herido también, él murió después de pasar tres horas en el frío y por inhalar los [agentes] químicos. Ellos no nos ayudaron en nada y si hubieran tenido ambulancias y helicópteros los heridos habrían sobrevivido. Esta masacre fue hecha a propósito y deliberadamente. Si no es así nos habrían ayudado. Tres días después de la masacre intentaron darnos una compensación. Nosotros no estaremos de acuerdo con ninguna compensación. Incluso si nos dan todo el dinero del mundo no pueden traer de vuelta a mi hijo. Ellos vieron a nuestros hijos como algo que se puede comprar con dinero. Te mataré, te bombardearé, te destrozaré y después te daré dinero, porque tengo dinero, y tú te callarás. Tú solo tienes poder en mi inocente y poderoso hijo. Ellos mataron a nuestros hijos con aviones F-16, ellos nos han matado también. Después de nuestros hijos empezamos a estar peor que muertos. Porque ellos fueron masacrados de un modo cruel que no merecían. Cuando el primer ministro habla sobre Uludere siempre nos insulta y nos acusa a nosotros. Incluso nunca se ha disculpado hasta el día de hoy. Él envió a su mujer solo como publicidad y cuando ella vino nos volvió la espalda. Ella abrió una comisión para el caso y esta comisión fue hecha por miembros del AKP. En un año y medio la comisión no ha hecho nada, además solo nos ha hecho perder el tiempo. Al final ellos dijeron que hubo una falta en la coordinación entre los civiles y los militares, que no fue su intención, pero no fue así. El Heron estuvo encima de ellos durante cuatro horas. Quiero las imágenes o vídeos. No aceptamos estas informaciones porque nos están mintiendo. La orden fue dada por el primer ministro y los jefes militares y ellos no tienen remordimientos o miedo a Dios. Si ellos tuvieran remordimientos habrían contado la verdad. Pero ellos nunca dicen la verdad. ¿Tú vas a hacer un ataque aéreo en cualquier lugar y no se lo vas a decir al jefe militar de la región y al gobernador? Es por eso por lo que este incidente fue premeditado, porque nuestros hijos murieron enfrente de los soldados. Destruyeron a nuestros hijos con vicio y con el F-16. Las naciones europeas tampoco nos han protegido. Si nos hubiesen protegido ellos no nos podrían haber hecho todas estas cosas, no nos habrían perseguido tanto.

“Ahora hablan del proceso de paz, pero no tengo esperanza en este proceso. Con una mano tú hablas del proceso de paz y con la otra bombardeas a tu gente. El primer ministro persigue los votos y despotrica. Creo que hace esto porque las elecciones están cerca. Si de verdad quieres la paz primero tienes que descubrir a los criminales de la masacre de Roboski. Primero dar justicia a Roboski, después hablar de la paz. La paz no vendrá a este país hasta que la justicia no sea dada a Roboski. Yo soy una de las personas que más quiere la paz como madre sufridora. Sé lo grande que es el dolor de perder a un hijo. Es suficiente. ¡No deben morir más soldados o guerrilleros! He tenido suficiente sufrimiento y otras madres no deben sufrir. Nosotros nunca abandonaremos esta masacre. No olvidaremos esta masacre y no dejaremos que la gente la olvide. Hasta que muramos vamos ha seguir preguntado por la masacre”.

 Este reportaje, escrito junto a Miguel Fernández Ibañez,  ha sido publicado en la revista Frontera D