Apostolos Mangouras, el capitán que no quiere cargar solo con la catástrofe

Apostolos Manguras tenía 67 años cuando el 5 de noviembre de 2002 zarpó de Riga con 77.000 toneladas de fuel pesado en los tanques del “Prestige“, un ajado petrolero monocasco de bandera de conveniencia.

Siete mil euros de nómina mensual por una última travesía para un viejo capitán con 44 años de experiencia. Mangouras no sabía que aquel día comenzó a gestarse la mayor catástrofe medioambiental de la historia deEspaña y de la que, diez años después, rechaza ser el único responsable.

Miércoles 13 de noviembre de 2002. 15:15 horas. Inmerso en un fuerte temporal con viento de oeste, el “Prestige” se encuentra a la deriva con una grieta en uno de los tanques.

Mangouras decide entonces enviar la señal de socorro. Es lo último que apunta, apresurado, en el cuaderno de navegación. Cuando los equipos de Salvamento Marítimo acuden en su auxilio, el capitán y el jefe de maquinas, Nikolaos Argyropoulos, se niegan a abandonar el barco. Piden que la tripulación, 27 personas, en su mayoría filipinos, sea puesta a salvo.

14 de noviembre. 15:30 horas. El remolcador Ría de Vigo logra enganchar el petrolero a 3 millas de Muxía. Ante el temor de una rotura del buque, las autoridades españolas deciden alejar el “Prestige” de la costa iniciando así un rumbo errático que durante cinco días deja tras de sí una estela de fuel.

“Fue la peor decisión posible”, insiste Mangouras, sentado diez años después en el banquillo de los acusados.

El capitán es ahora un hombre mayor. Vive en Atenas donde posee un apartamento y un automóvil compartido con su hija. El paso del tiempo han hecho mella en su piel “impregnada de salitre”.

Mangouras viste un traje oscuro de buen corte y se pone en pie. Mantiene la mirada límpida, perdida en el fondo de la sala mientras escucha la retahíla de acusaciones a las que se enfrenta.

El viejo capitán lleva 10 años compareciendo periódicamente en diferentes comisarías, siempre localizado, sin poder olvidar aquello seis días que mancharon un currículo impoluto.

Por eso, cuando algunos de los abogados que participan en la causa le interpelan Mangouras no duda: “Nos llevaron en un féretro flotante a ahogarnos”.

Mangouras cree que la catástrofe pudo haberse evitado. “El buque pudo ser remolcado a una zona abrigada y trasvasar su carga a una nave más pequeña”, ha declarado hoy mismo ante el tribunal que juzga los daños causados, cifrados en más de 4.000 millones de euros.

“No estabilizamos el barco para que lo llevaran al océano”, añade. Lleva más de diez horas declarando y repitiendo una y otra vez el mismo mensaje: La mejor solución hubiera sido remolcar el ‘Prestige‘ y no alejarlo de la costa.

Los abogados vuelven a la carga. Alguien tiene que pagar por la catástrofe y Mangouras se resiste. Sus compañeros de profesión y los expertos marítimos avalan sus decisiones. Eso le reconforta, aunque al recordar como las familias de los tripulantes vivieron la tragedia por televisión rompe a llorar.

Martes 19 de noviembre de 2002. 08:00 horas. El “Prestige” se hunde a 250 kilómetros de Fisterra con 65.000 toneladas de petróleo todavía en su interior.

Una inmensa mancha negra cubre la costa desde el parque natural de la islas Cíes hasta el extremo sur de Francia. La mayor catástrofe medioambiental de la historia de España ya se había consumado.

Mi nombre es Apostolos Mangouras, ciudadano griego y en extensión europeo, soy el último capitán del ‘Prestige’, barco que desgraciadamente yace en el fondo del océano…

 Este artículo ha sido publicado en La Información.com, El Diario Montañés, El Diario Vasco