Balada triste de serrucho

pulpiño-viascon-musica-serrucho

La voz de la sirena resuena atrincherada. Un grito mudo. “O vento das viúvas“. Dicen las malas lenguas que Marcos Aboal, marinero de profesión, se ahogó una noche de tormenta. Días más tarde el mar, siempre el mar, vomitó su cuerpo en una playa gallega. Junto a él, un serrucho. Un regalo de Breogán.

Desde entonces, hace ya dos décadas, el sonido histriónico del serrucho le acompaña allá por donde pisa. Fráncfort, Barcelona o A Coruña. Lugares donde, si el ruido acalla, resuena su melodía: la balada triste de serrucho.

“Yo soy un músico de oreja”, sentencia. Podría haberlo sido de manos, de ojos, incluso de corazón. Decidió serlo de oreja. “Nunca fui muy bueno en la teoría”, reconoce en una entrevista.

Marcos Aboal, conocido artísticamente como ‘Pulpiño Viascón’ por su habilidad por tocar varios instrumentos, nunca aprendió solfeo. No lo necesitó.

Viascón vivió siempre de su oreja. De la reverberación de la batería parroquial. Fueron tiempos buenos, aquellos 90, cuando se podía vivir de la música. ‘O Jarbanzo Negro’, ‘Os Verjalludos‘ y, por su puesto, ‘Os Diplomáticos de Monte Alto‘. Fueron ellos, aquella generación de Radio Océano, los que mezclaron el folk y el punk, las gaitas y las guitarras eléctricas. “Hacíamos cosas buenas”, recuerda. También malas.

Aventura en el circo Kran

La vida en las caravanas lo llevó a Barcelona, Francia, Suiza y, finalmente a Fráncfort. “Allí, conocimos al circo Kran“, recuerda.

Aquel era un circo moderno, sin animales. Acróbatas, payasos, malabaristas. Allí había espacio para Viascón y su música de oreja.Allí había espacio para la voz de la sirena.

Por aquel entonces, Pulpiño solía hacerse esperar. Sacaba el serrucho y miraba como éste palpitaba en sus manos mientras la sala permanecía en silencio, expectante por saber si lograría dormir aquella marioneta con su nana afilada.

Eran segundos eternos hasta que un maretazo violento rompía la quietud oceánica. La sirena había comenzado hablar.

Caravanas por el mundo

Un accidente terminó con aquella aventura circense, aunque, al menos, Viascón se llevó consigo un antiguo acordeón y su serrucho. Volvieron entonces los tiempos de las caravanas por el mundo.

“Una vez conocí en Francia a una artista que también tocaba el serrucho. ¡Ella lo hacía por el filo serrado!”, relata alucinado. “Lo primero que hice fue preguntarle, ¿Y no se te rompe el arco?”. Aquella debía ser músico de manos.

Él, sin embargo, siguió siendo un artista de oído. Los tiempos son difíciles, pero él al menos tiene a su serrucho. “Voy tirando”, afirma. Colabora en los espectáculos poéticos del escritor Manuel Rivas mientras prepara un disco de duetos. También ultima su participación en la banda de la cantante Silvia Penide y una representación teatral junto al polifacético artistas Xurxo Souto.

“Seguimos haciendo pequeñas cosas”, asegura mientras acaricia el serrucho. Ese fue el regalo de Breogán y, también, su condena.

Este artículo fue publicado en el diario El Mundo